Estocolmo

Diario nórdico, segunda entrega: prohibido mendigar

Sucedió hace unos meses: en el Konsthall, el centro de exposición de arte contemporáneo de Malmö (Suecia), dos mendigos fueron exhibidos en una sala del museo. Expuestos como instalación, como puesta en escena, como obra, con su ropa sucia de todos los días, el vaso de papel en el que los transeúntes suelen echar alguna moneda y el letrero de cartón escrito en sueco rudimentario con el que le piden una ayuda a los que pasan. Los protagonistas, Luca Lacatus, un carpintero de 28 años y su novia, Marcella Cheresi, de 26, son gitanos rumanos que llegaron a Suecia como otros miles de compatriotas suyos, en busca de mejor fortuna en tierras escandinavas. Y son mendigos reales, no actores, de los que duermen en la calle y piden limosna. Luca posa en la sala del museo con la muleta que necesita para caminar. Marcella está embarazada.

El asunto levantó polémica. ¿Es legítimo exhibir seres humanos? ¿Se puede considerar “obra” y arte una instalación como ésta? No es la primera vez, de hecho: en Londres, el proyecto Exhibit B expuso a personas de raza negra en situaciones de sumisión o dominación. Y en 2013 el Museo Judío de Berlín hizo lo propio con la muestra “Judíos en vitrina”. 

Vivimos en tiempos en los que se hace difícil definir qué es arte y qué no lo es, pero me interesa la explicación de Martín Caparrós: “quizá arte es aquello que consigue resignificar lo des-significado: que te obliga a leer allí donde, en general, ya no ves nada. Y, también: aquello que te lleva a enfrentarte con lo que no querías, y pensarlo”. 

Ese y no otro era el propósito de los responsables de la instalación en el museo de Malmö, en Suecia, un país que cada día ve más indigentes rumanos en sus calles, en las esquinas, a la salida de los supermercados. Tan significativo es el aumento –se sabe incluso de mafias que los traen desde los países del este, los instalan en puntos específicos de la ciudad por las mañanas y los recogen luego por las tardes– que el gobierno sueco y el rumano se han reunido ya en varias ocasiones para buscar salidas a esa inmigración que ha favorecido la libre circulación de ciudadanos en Europa tras la entrada de Rumania en la Unión Europea. 

Resignificar lo des-significado. Leer allí donde, en general, ya no vemos nada. A esos mendigos invisibles, a los que preferimos no ver cuando nos cruzamos con ellos en la calle, ahora nos obligan a mirarlos en la sala de un museo, para que nos sea imposible voltearles la cara. Se exhiben seres humanos, parece, y nos indignamos, pero lo que se expone allí es otra cosa, creo: nuestra indiferencia, la hipocresía, la sociedad ineficaz y desigual que todos los días aceptamos. Y se exhibe también la otra polémica, la importante, la que en la Europa supuestamente civilizada pretende criminalizar a los sin techo, a los pobres, a los inmigrantes. De Lisboa a Roma, de Madrid a Barcelona, de Oslo a Budapest, se formulan leyes que prohíben dormir en espacios públicos, pedir limosna, revisar los cubos de la basura. Y, como si esto fuera voluntario, se castiga con multa –sí, multas, así de risible es la ironía– o con cárcel. En Noruega, los municipios ya pueden expulsar a los indigentes (se los permite la ley) y en Suecia también se ha puesto sobre la mesa el proyecto legislativo que prohíbe la mendicidad. En Madrid, Esperanza Aguirre habló de sacar a los pobres del centro porque “ahuyentaban a los turistas” y Alberto Ruiz Gallardón quiso obligarlos a dormir en albergues y sacarlos de la vía pública. En Colombia también hemos escondido a nuestros indigentes de la ciudad vieja en Cartagena, en épocas de eventos internacionales. También ha pasado en Medellín. Y lo peor es que ya se empieza a popularizar en Europa, y de ahí al mundo, la repugnante “arquitectura de diseño excluyente”: sillas en lugar de bancas (para que nadie se acueste), superficies inclinadas (para que nadie se siente), macetas inmensas (para que nadie se siente en el suelo a pedir) y rejas debajo de las escaleras (para que nadie ocupe el espacio como dormitorio). 

Resignificar lo des-significado. Leer allí donde, en general, ya no vemos nada. Se exhiben rumanos en un museo y polemizamos sobre qué es y qué no es arte, cuando la discusión, en realidad, está en otro sitio.

*Publicado en el periódico El Mundo. Julio 2 de 2015.

Diario nórdico, primera entrega

Escribo desde Estocolmo. Pasaré los próximos meses en Suecia y he pensado que es interesante utilizar este espacio como una especie de diario desde Escandinavia, esta región del mundo en la que parece que todo funciona de maravilla: son los países más democráticos del mundo, con las tasas de desigualdad más bajas de Europa, dotados de políticas que promueven la igualdad real entre hombres y mujeres, educación de altísima calidad y cobertura total en seguridad social. Las ciudades son limpias y planificadas con mimo, abundan los parques y las ciclorutas –son ecológicamente sostenibles– y, en términos humanitarios, los barrios que aquí se pueden llamar marginales tienen niveles incluso más dignos que muchos de los nuestros en Latinoamérica. No existen los cinturones de miseria y los mendigos,  que los hay, provienen en su mayoría del Este de Europa, víctimas de mafias.

Dinamarca figura como uno de los países con los habitantes más felices del mundo –ese ranking que también ha liderado Colombia alguna vez, quizá por muy distintas razones–. Suecia es modelo en la lucha por la igualdad de género y líder en tecnología –aquí se inventó la telefonía móvil y es la casa de Spotify, por ejemplo–. El sistema educativo finlandés es uno de los mejores del mundo según el Informe Pisa que realiza la Ocde cada tres años, y es un país donde los índices de lectura per cápita los envidia todo el mundo civilizado. Islandia es hoy, en Europa, el modelo de la recuperación económica, porque a pesar de ser una de las primeras víctimas de la crisis financiera internacional, superó la bancarrota en apenas tres años y fue capaz de poner en la cárcel a algunos de los líderes empresariales que lo llevaron a la quiebra. A Noruega la conocemos por el salmón, sus fiordos paradisiacos, su gran milagro petrolero a partir de la década del setenta y ahora también por Karl Ove Knausgård, el nuevo niño bonito de literatura contemporánea. 

Pero hasta aquí todo es un lugar común. Ya se sabe: nos acostumbramos a pensar en los Otros como un tópico, y es fácil que muchos reduzcan a los suecos a rubias altas y bonitas y a novelas de Stieg Larsson o Henning Mankell; a los daneses a genios del diseño de interiores y a los finlandeses como los dueños de Nokia o, lo que es peor, a toda esta región como suicidas y borrachos. 

Pero quien haya pasado por aquí –o quizá visto Borgen, una de las últimas series de televisión de moda, basada en la sociedad danesa– puede darse cuenta de que éstas no son sociedades perfectas pero sí es aquí donde se plantean muchos de los debates más interesantes en materia política, económica y social. Cuando una nación parece que ya ha alcanzado todas las conquistas para sus ciudadanos –cohesión social, sostenibilidad económica, empleo, salud y educación de calidad, etc.– ¿Cuál es el siguiente nivel de discusión? ¿Cuáles los debates en términos de inmigración, por ejemplo, en estos países que reciben numerosas demandas de asilo y la llegada de miles de inmigrantes precisamente por su estado de bienestar? ¿Qué pasa aquí en materia tributaria? Dinamarca tiene uno de los niveles de impuestos más altos del mundo, por ejemplo. ¿Cuáles son las políticas suecas sobre prostitución que pretenden emularse por ejemplo en Francia? ¿Por qué se acusa muchas veces a esta región de xenófoba y racista y por qué vienen en ascenso sus partidos de extrema derecha? ¿Qué pasa con la mendicidad? ¿Cuáles es la discusión sobre salud pública en Dinamarca, con el mayor índice de consumo de antidepresivos en el mundo, o en Finlandia, donde el alcohol es la principal causa de mortalidad masculina? ¿Y cuáles son los debates salariales, laborales y de bienestar social en un país como Suecia en el que la licencia de maternidad y paternidad puede durar hasta un año laboral? 

“La noticia de la lejanía se le confía al viajero”, escribió Walter Benjamin, y es lo que aspiro hacer en las próximas entregas de esta columna, un viaje por esta región de la que hay mucho que emular, discutir, pero que desde luego es mucho más que Ikea, renos, novelas policiacas, frío extremo, vikingos, salmón y osos polares.

*Publicado en el periódico El Mundo. Junio 18 de 2015.