La información en la era de la posverdad: retos, mea culpas y antídotos

Seguro que cuando el dramaturgo Steve Tesich utilizó en 1992 el término posverdad en un artículo para la revista The Nation, no se imaginó que veinte años después el neologismo sería incluido en el diccionario. El texto describía lo que el autor llamó entonces “Síndrome Watergate”, por el cual los escándalos y revelaciones sobre la presidencia de Nixon, la administración Reagan o la guerra del Golfo no generaban indignación en los norteamericanos sino, por el contrario, una especie de desprecio por las verdades incómodas. “En lugar de mirar los hechos, nos distanciamos de la verdad. Asociamos ‘verdad’ con ‘malas noticias’ –y no queríamos malas noticias–, olvidando lo vitales que son para la salud de la Nación”. Tesich concluía que las implicaciones para el futuro de Estados Unidos serían terribles: “Antes, los dictadores debían trabajar duro para suprimir la verdad. Pero nosotros, con nuestras acciones, les estamos diciendo que eso ya no es necesario. Como seres libres, hemos decidido libremente que queremos vivir en el mundo de la posverdad”.

Sus palabras resultaron visionarias. Parecen escritas para el periódico de esta mañana. Y así lo confirmó en noviembre pasado la Oxford University Press al elegir ‘post-truth’ como la palabra del año, para “denotar circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.

El término pretende describir la conmoción que han supuesto el Brexit, la derrota de Hillary Clinton y el triunfo del NO en el Plebiscito por la paz en Colombia, acontecimientos que sobrepasan las expectativas racionales y responden más a cuestiones emocionales que a la razón o la lógica. The Economist lo explicaba en su artículo Art of lie, a propósito del resultado de las elecciones americanas: “Donald Trump es el máximo exponente de la política 'posverdad': una confianza en afirmaciones que se 'sienten verdad' pero no se apoyan en la realidad”. Entre otras razones, el término fue elegido porque su uso aumentó dos mil por ciento respecto al año 2015.

Alex Grijelmo indica que el prefijo post- (abreviado en pos-) se usa para denotar una situación ya superada, pero no necesariamente desaparecida: “así, al mencionar “la era posindustrial” no se pretende señalar que no existan industrias, sino que ese sector dejó de ejercer su papel fundamental. De igual modo, era posverdad no significa que la verdad se haya evaporado, sino que ha dejado de ser prioritaria”.

Los ejemplos de posverdad son muchos. Sólo en el último año, en Estados Unidos circuló un falso certificado de nacimiento de Barack Obama, según el cual el presidente no habría nacido en Hawái sino en Kenia. A su vez, la extrema derecha, para desacreditar el Obamacare, proclamó la existencia de un “comité de la muerte”, un supuesto grupo de médicos que podía decidir por su cuenta practicar la eutanasia a enfermos crónicos y ancianos en los hospitales. También tuvo mucho eco un supuesto mensaje en el que el Papa Francisco pedía el voto por el candidato republicano (960.000 likes y compartidos), otro que aseguraba que Bill Clinton había violado a una niña de 13 años y uno más según el cual Hillary estaría involucrada en varias muertes, entre ellas la de un agente del FBI que había filtrado sus correos electrónicos. En Colombia, por Facebook y WhatsApp, circularon cadenas que afirmaban que, de ganar el Sí, cada colombiano tendría que adoptar un secuestrado, que Timochenko sería candidato presidencial y que los votos del No serían cambiados gracias a los lapiceros borrables que se instalarían en las mesas de votación. También se alegaba una supuesta ideología de género en el Acuerdo de paz, que éste implicaba una eliminación de subsidios a los más pobres y que una supuesta ley Roy Barreras obligaría a aportar el 7% de la pensión para el sostenimiento de las bases guerrilleras. Todo falso, que en estos tiempos no sobra repetirlo; pero mentiras orquestadas desde las altas esferas y que millones de ciudadanos creyeron y ayudaron a difundir en cada muro de sus redes sociales.

 

La verdad en los tiempos de Facebook y Twitter

Una de las razones que explican la propagación de contenidos dudosos tiene que ver con cuestiones psicológicas y de dinámicas de redes. Investigadores como Yochai Benkler, de la universidad de Harvard, apuntan a que los seres humanos con intereses afines tienden a encontrarse –hoy ayudados por las plataformas sociales en Internet–, y crean clústeres en los que grupos de individuos, con informaciones acomodaticias, ratifican entre sí sus creencias descartando los datos que apuntan en direcciones opuestas a sus prejuicios. Esto genera burbujas de información en las que sólo ven –vemos– contenidos afines a nuestros pensamientos y amigos.

Y esto preocupa especialmente cuando estudios como los del Pew Research Center confirman que el 62% de las personas emplean las redes sociales para informarse. Como explica Bill Maher, comentarista político estadounidense, antes los ciudadanos iban a los periódicos, se informaban en la prensa tradicional, porque sabían que en las redacciones se diferenciaba claramente la verdad de la ficción, porque había gente que había estudiado para hacer ese trabajo. Pero ahora la gente se informa por Facebook, a través de lo que otras personas comparten, lo que se puede comparar con lo que antes era el "dicen por ahí", y esas fuentes casi nunca son confiables. En vez de lo que se produce en una sala de redacción, se fían de lo que comparte una tía, una prima o un desconocido. Y esas mismas personas creen que si una noticia es relevante, ya los alcanzará. Pero no es cierto, ya que en las redes esa noticia importante compite con memes, fotos de cumpleaños, payasos locos, videos virales y algoritmos. 

De hecho, hay estudios que confirman que, durante la recta final de la campaña presidencial en Estados Unidos, las noticias falsas tuvieron más comentarios, ‘me gusta’ y compartidos que las noticias reales. Investigadores como filippo Menczer, del Observatorio de Redes Sociales de la Universidad de Indiana, concluyen que ya no hay casi ninguna diferencia entre la popularidad de artículos desinformativos y artículos con información fiable. El número de shares es prácticamente el mismo. En otras palabras, no hay ninguna ventaja en decir la verdad.

Además, hay otros datos que resultan todavía más alarmantes: según informa también el Pew Research Center, el 23% de las personas admite haber compartido noticias que luego resultaron falsas, y el 14% a sabiendas de que lo eran.

Y todo esto sucede apenas unos meses después de que Facebook despidiera a los dieciocho editores que seleccionaban las noticias destacadas en el timeline de sus usuarios en favor de un algoritmo para hacer ese trabajo. La plataforma fue acusada de influir en el resultado de las elecciones por ser una de las principales plataformas para la difusión masiva de noticias falsas. Y aunque Mark Zuckerberg, en principio, intentó distanciar a su plataforma de la polémica, ha terminado sumándose a los esfuerzos de Google para impedir la publicidad de páginas web que promueven bulos informativos, así como los grandes medios han fortalecido sus equipos de verificadores de datos. Es verdad que las noticias falsas por si solas no explican en resultado del Brexit, a Trump o el No, pero sí es claro que la dieta informativa ha resultado determinante.

 

La verdad, ¿irrelevante?

El triunfo de la posverdad ha llevado a muchos analistas a hablar de un cambio de paradigma. Es cierto que el embuste informativo ha existido siempre –como recordaba un periodista hace poco, los sofistas griegos ya eran maestros en manejar el lenguaje para demostrar que el veloz Aquiles nunca podría alcanzar a la tortuga–, pero sí preocupa el hecho de que la verdad parece haber dejado de ser relevante. Mucho de lo que hoy se afirma como verdadero ya no tiene ninguna base en la realidad y abundan los supuestos expertos dispuestos a demostrar cualquier afirmación por dinero, cercanía con el poder o posibilidad de influencia, mientras el resto difunde esos bulos por ignorancia.

Si estamos de acuerdo en que la democracia y la libertad se basan en la evidencia y la verdad, el periodismo y su misión de informar cobran de nuevo toda su importancia. De hecho, la prensa es una de las pocas instituciones –junto con la ciencia, la justicia, y el sector educativo– que puede realmente construir defensas sólidas contra los peligros que conlleva la posverdad, entre ellos la manipulación, la alienación, la aniquilación del pensamiento crítico y las derivas autoritarias que desembocan luego en totalitarismos.

Ante una sociedad emocional que actúa y vota por miedo, rabia, descontento, proteccionismo e inconformidad, ante el fracaso de los líderes tradicionales, dirigentes que no dicen la verdad y ciudadanos a los que hace tiempo les dejó de importar la cosa pública, la prensa debe recuperar su histórico papel de Cuarto poder, pero primero, la confianza y credibilidad que le ha perdido el ciudadano. Ante las mentiras que crean una imagen falsa del mundo –armas en Irak, teorías conspiratorias, manipulación del ciudadano en procesos electorales– está llamada a posicionarse de nuevo como fuente primera, fiable y competente por encima de blogs anónimos, portales seudoinformativos y fuentes de calidad cuestionable.

El problema es el periodismo, en la pelea por la rentabilidad y los clics, también ha incurrido en el favorecimiento de la emotividad de la audiencia en detrimento del pensamiento crítico. Los contenidos pasaron a ser menos importantes que sus efectos virales. Como escribió Martín Caparrós en El País, comunicar, contar, analizar y hacer preguntas ha dejado de estar antes que el tráfico.

Craig Silverman, editor de BuzzFeed Canadá, explica que demasiado a menudo las organizaciones de noticias han contribuido en la propagación de falsedades y contenidos dudosos, polucionando el flujo de información digital, necesitados igualmente del tirón de la viralidad. También The economist, en su artículo Yes, I lie to you, lo explicaba: “La fragmentación de las fuentes informativas ha creado un mundo atomizado en el que las mentiras, los rumores y los chismes se propagan a una velocidad alarmante. Las mentiras que se comparten ampliamente en las redes sociales, cuyos miembros confían más en sus iguales que en cualquier medio de comunicación, adquieren rápidamente la apariencia de verdad. Las supuestas evidencias hacen que la gente descarte rápidamente los hechos para creer en esas que ratifican creencias muy solidificadas. Y la falsa objetividad del periodismo tampoco ayuda. En aras de ese equilibrio, muchas veces se incurre en el error de dar el mismo espacio a la verdad y a la mentira. Y según eso, todo es relativo. Todo es opinable. Y es la sociedad la que paga el costo”.

 

¿Qué hacer entonces?

Es cierto que en la elección de Donald Trump la prensa tiene gran parte de responsabilidad. Las cadenas de televisión y periódicos americanos le dieron al candidato la mayor exposición mediática en la historia de Estados Unidos: cubrieron cada rally de campaña; lo hicieron ver como presidente antes de serlo y, durante las primarias, recibió tres veces más cobertura que el resto de los candidatos republicanos y el doble que Hillary Clinton y Bernie Sanders juntos. Esto, sumado a la guerra de los clics, sus errores históricos y su aporte en la contaminación del flujo informativo, obliga a la prensa a hacer un mea culpa y todos los esfuerzos para recuperar el respeto del público.

Pero la solución al problema de la posverdad no pasa solo los periodistas. La responsabilidad recae también en las redes sociales. Facebook, Twitter y compañía deberán ser más transparentes respecto a sus algoritmos y trabajar de la mano de profesionales de la información –ya empiezan a hacerlo– para incorporar fórmulas que refuercen menos las creencias de los usuarios en pro de más información basada en hechos. Algoritmos que eviten la propagación de noticias falsas y privilegien los contenidos de quienes invierten en sus contenidos, que someten sus productos mediáticos a controles de calidad y rinden cuentas. Como escribe David Alandete: “un algoritmo nunca podrá hacer periodismo, pero puede aprender a identificar a aquellos que lo hacen, por el bien de todos”.

A su vez, todos los ciudadanos debemos asumir nuestra responsabilidad como usuarios, hacer un esfuerzo adicional a la hora de consumir y producir en las redes sociales. Antes de compartir un contenido, preguntarnos: ¿Alguien ha verificado esta información? ¿Es ésta una fuente primaria y confiable o, por el contrario, tiene algún interés involucrado en la noticia? ¿Suele, este medio de comunicación, corregir informaciones tendenciosas o equivocadas o más bien insiste en contenidos ambiguos o teorías conspiratorias? Como recuerda Brooke Borel, periodista científico americano, todos debemos recordar que cada que damos un me gusta nuestros contactos se convierten en audiencia de ese contenido. Un clic es una firma. Un signo de aprobación. Y las cosas empezarán a cambiar si no perdemos de vista ese postulado.

 

Motivos para el optimismo

La verdad ha perdido valor. La gente es cada vez más indiferente a las evidencias, las pruebas, los hechos comprobados. Es cierto. Pero quizá aún queden razones para no ser tan pesimistas. En contraste con el auge de las noticias falsas, a finales de enero, The New York Times confirmaba que había sumado, a sus casi dos millones de abonados a su edición digital, casi trecientos mil nuevos suscriptores en el último trimestre del 2016, un crecimiento del 19% respecto al trimestre anterior. También The Wall Street Journal añadió ciento trece mil lectores en ese mismo periodo. El número de suscriptores del Financial Times subió un 6% y canales como CNN y MSNBC ven crecer sus índices de audiencia en casi un 40%, según informa Nielsen.

A su vez, las voces de los ciudadanos se escuchan cada vez con más fuerza y parecen sumarse al desafío. Sucedió con la marcha multitudinaria de mujeres tras la posesión de Donald Trump, las manifestaciones de cientos de personas frente al edificio del NYT declarándole su apoyo tras los ataques del presidente vía Twitter o los cerca de 80 millones de dólares en donaciones que recibió la Unión Americana de Libertades individuales después de las elecciones, cuyo número de miembros también se ha casi duplicado desde entonces. Como escribe Joseph Stiglitz, la luz de esperanza en el nubarrón Trump está en este nuevo sentido de solidaridad con respecto a los valores fundamentales, tales como la tolerancia y la igualdad, que ahora se sustentan por la toma de conciencia del fanatismo y misoginia.

Pero quizá el primerísimo primer paso consista en volver a llamar las cosas por su nombre, y en vez de hablar de posverdad o aceptar los hechos alternativos que propone la jefa de prensa de la Casa Blanca, volver a hablar de bulo, estafa, falsedad y mentira. Porque de lo contrario sucederá como en el 1984 de George Orwell, cuando el pueblo aceptaba que el Ministerio de la Verdad reemplazara oscuridad por inluz o inoscuro, caliente por infrio e inbueno para decir malo, con el fin “no es aumentar, sino disminuir el área del pensamiento, objetivo que puede conseguirse reduciendo el número de palabras al mínimo indispensable”.

Porque no podemos olvidar que es precisamente el lenguaje el que posibilita el raciocinio y que en la verdad está una de las bases de la civilización y la democracia. Si la verdad deja de importar, su poder para resolver los problemas de una sociedad se ve realmente perjudicado. Como escribe Jonathan Freedland en The Guardian, ahora la gente trata los datos igual que a las opiniones: descarta las que no le gustan. Y si no importan los datos entonces tampoco puede existir el consenso: no podríamos creer en nada de lo que vemos y todo podría ser una conspiración, un mito o un engaño. Siempre habrá quien diga que los muertos en Alepo o el niño rescatado allí son un montaje, y quien negará el cambio climático a pesar del grosor de las evidencias. Pero hay que hacer más esfuerzos para que sus mentiras y negación de la evidencia no tengan un altavoz tan vasto.

Y no es el tiempo de seguir hablando de la muerte del periodismo sino lo contrario: del periodismo con futuro, con profesionales capaces de asumir todos estos desafíos. Menuda contradicción sería sino que, en la Sociedad de la información, siguiéramos más desinformados que nunca, o no tuvieran cabida a los profesionales de la información. Como dijo el escritor David Roberts, en un partido se necesitan referees, no todos pueden ser jugadores.

Hace tiempo que distintas teorías posmodernas y otras más antiguas empezaron a cuestionar la verdad en pro de una versión más plural y relativa. Pero la realidad –esa palabra que Nabokov decía que no significaba nada sin comillas– no es sinónimo de verdad, hechos y datos. La realidad puede ser múltiple, porosa, ambigüa, pero no así los hechos y los datos. Esos son simples, obvios, inmodificables. El agua sigue mojando. El sol sale todos los días. 

*Texto publicado en la edición 112 de El Eafitense. Mayo 2017

 

Buscar a un cosmopolita. La Italia de Stendhal

Si uno quisiera ir tras las huellas del autor de 'Rojo y Negro', ¿dónde empezar a buscarlo? ¿Es posible encontrar a Stendhal en Francia, donde nació, o en Italia, su patria adoptiva? ¿Cómo encontrar a un hombre que se escondió detrás de casi 200 seudónimos, que disfrazó de novelas sus autobiografías y mintió en sus diarios de viaje?

 

Todo escritor es, de algún modo, un peregrino. Devotos de esa religión que es también la literatura, buscamos a Kafka entre la bruma de Praga, a Joyce en Dublín, a Pessoa en el café A Brasileira de Lisboa y a Tolstoi en Yásnaia Poliana, en ese montículo que es su tumba sin nombre. 

Yo busqué a Stendhal por primera vez en París, en la rue Richelieu, esa calle que comienza en el carrusel del Louvre y sobre la que están la Biblioteca Nacional, la Comédie Française y el Palais Royal. En esa búsqueda me tropecé primero con Diderot, en el número 39, donde concibió su Enciclopedia. En el 40 fue Molière, en ese escenario de leyenda en el que se supone que murió tras la representación de su Enfermo imaginario. Pero un par de cuadras más adelante, en el 61, ahí estaba: al lado de un restaurante thai, el edificio de seis plantas en el que Henri Beyle, Stendhal, escribió sus Paseos por Roma y Rojo y Negro, su novela más famosa. Y en el 71, el apartamento en el que redactó uno de sus tantos testamentos, donde pensó en suicidarse. Luego fui la rue Caumartin, donde otra placa recuerda que, en el cuarto piso, compuso y dictó La cartuja de Parma en un tiempo record de 52 días.

Pero después de visitar ambos lugares, la sensación fue de vacío. La presencia de Cavafis es llamativa en su casa en Alejandría –cercana a un burdel, un hospital y una iglesia (remedios para el cuerpo, la carne y el alma, como él decía)– y a Dostoievski todavía se le intuye tras su escritorio en San Petersburgo. Pero Stendhal no estaba allí. No lo encontré entonces en París como tampoco años más tarde en Grenoble, la ciudad en la que nació y detestaba –igual que todo lo provinciano (encontraba su aire asfixiante y sus calles malolientes, le daba nauseas)–. Ni siquiera tras hacer el recorrido que hoy ofrece el ayuntamiento por los que fueran sus escenarios: la casa natal, donde pasó sus años más felices hasta la temprana muerte de su madre, la casa del abuelo Gagnon, en la que vivió hasta los 16, el liceo que hoy lleva su nombre y la Biblioteca Municipal que guarda sus manuscritos, esos que reposaron entre el polvo y el olvido casi medio siglo y que conocemos solo gracias a Stanislas Stryienski, un joven profesor polaco que los descubrió en 1888 y decidió buscarles editor, cumpliendo así el presagio del propio Stendhal que aseguró que sería leído en un futuro lejano, no menos de 50 años después de su muerte (de nada le sirvió en vida el elogioso artículo de Balzac sobre La cartuja. Él es, probablemente, el escritor del que más se ha escrito a partir de unos años después de su muerte).

Entonces empecé a entender: si es fácil rastrear los pasos de un artista en una sola ciudad eso suele significar que aquel no fue un viajero. No se encuentra a Saint-Exupéry en Lyon como tampoco a Stevenson en Escocia o a Casanova en Venecia, aunque lo intenten las guías turísticas. Y Stendhal fue precisamente eso: un turista, un europeo, un cosmopolita.

 

El rastro de un turista

Aunque conocemos a Stendhal principalmente como novelista –el padre de la novela moderna, según tantos especialistas–, él fue sobre todo un escritor de no ficción: textos autobiográficos disfrazados de novelas, biografías, ensayos sobre pintura, literatura o sobre el amor, crónicas de sucesos y, en especial, un vasto testimonio de sus viajes. Fue, sobre todo, un escritor viajero, de esos que hacen del viaje una forma de vida elegida y para los que el movimiento es una necesidad vital. Gracias a su primo Pierre Daru, quien fuera entonces la mano derecha de Napoleón, ingresó en el Ejército en 1799 y a partir de entonces el destino hizo de él un viajero infatigable: huyó de su tierra natal de provincias hacia París y de ahí a las gestas napoleónicas, con las que recorrió por primera vez el continente y lo llevaron hasta la campaña de Rusia. Más adelante, ya como burócrata del Imperio –prefecto, intendente, cónsul– su vida fue un constante ir y venir entre Francia e Italia, con estancias temporales en Suiza, Alemania, Holanda e Inglaterra.

Esos viajes lo convirtieron en un hombre de vocación cosmopolita. Sus libros dan testimonio de su fascinación por Europa –entre ellos Paseos por Roma, Memorias de un turista y Roma, Nápoles y Florencia–, y guardan la mirada de un adelantado de su tiempo, antichauvinista, gran observador y apasionado de las artes. Él fue el “verdadero descubridor del alma europea”, según Nietzsche, y “el primer gran europeo después de Montaigne”, como lo definen sus biógrafos.

Pero entre todos los destinos de su vida itinerante, Italia fue su tierra prometida, su patria por elección, un país del que escribió con una admiración contagiosa y en el que encontró todo lo que, según él, sus compatriotas franceses no eran: apasionados, irreflexivos, vitalistas, enamorados, caprichosos, encaminados a la búsqueda de la felicidad. Allí completó su formación artística, conoció sus grandes pasiones –la música, la pintura, la belleza y las mujeres (la estética que lo mantenía vivo)–, donde se descubrió ciudadano del mundo y se hizo escritor. Pasó, todo sumado, diecisiete años en ese país, que fue, de hecho, el que quiso que figurara en su epitafio: “Arrigo Beyle, milanese”, que luego quiso modificar por “Arrigo Beyle, romano”, cuando se enamoró más adelante de la ‘Ciudad Eterna’.

Ese deseo de no pertenecer a un sitio sino a otro era un ansia por completo nueva en su época: no era para nada corriente que un escritor rindiera tan poca reverencia a la patria que le había asignado el destino. Como nuevo fue también que utilizara la figura de un turista como protagonista, en un libro que escribió influenciado por el Viaje sentimental de Sterne y las Cartas persas de Montesquieu. Stendhal era consciente de que el viaje había cambiado y poco a poco se convertía en una práctica abierta, ya no de formación como el Grand tour, exclusivo de las clases aristocráticas. Él no es ni mucho menos el responsable del anglicismo, pero lo usa –es el primer escritor en hacerlo– consciente de esa nueva realidad. Su viajero es un burgués como él mismo: un hombre culto y de buen gusto, con un alma sensible, al que le gusta visitar museos, ir al teatro y hablar de arte y literatura. Y ello sólo se entiende por la pasión por la libertad que presidió la vida y obra de Stendhal, que viajaba impulsado por sus pasiones, que odiaba el trabajo, el tedio y la estupidez, que se vanaglorió de no haber hecho nunca nada que no le diera placer y que sabía que vivir la vida como una obra de arte era la condición indispensable para escribir una.

 

Roma, Nápoles y Florencia

Si Italia fue para Stendhal su lugar en el mundo, lo lógico es ir allí para encontrar sus huellas. Yo lo busqué primero en la capital. Desde el hotel Minerva, donde vivió al lado del Panteón, y armada con sus Paseos por Roma (1828), recorrí la ciudad a la luz esa guía que escribió por sugerencia de su primo Romain Colomb, para ganar dinero. Porque Stendhal pasaba entonces por una angustiosa situación económica: la modesta herencia que había recibido y su precaria pensión de funcionario no le alcanzaban para vivir.

Así, se dio a la tarea de escribir esa guía, en la que mezcló sus recuerdos e impresiones personales con plagios de otros libros, comentarios de arte, datos que le proporcionan expertos y amigos, bosquejos y anécdotas con las que reflejaba el carácter de los ciudadanos y descripciones de las costumbres de la ciudad. Con un estilo más espontáneo que preciso –el mismo que había usado años antes en Roma, Nápoles y Florencia– reseñó cada monumento, cuadro, ruina y edificio: desde El Coliseo hasta San Pedro, de Miguel Ángel a Cánova, de la historia de Roma a los bailes en los salones.

Pero esos Paseos, igual que sus otros diarios de viaje, permiten rastrear los escenarios, pero no la presencia del escritor. Stendhal propone recorridos que responden más a sus caprichos, a los chismes que escucha, la belleza de las mujeres o la emoción de ver un cuadro o llegar a un concierto que a la verdad histórica. Lo esencial, lejos del intelectualismo o la erudición, era ver las cosas a través del prisma de sus percepciones. Para él no había nada más verdadero que la sensación: “no pretendo describir las cosas en sí mismas, sino el efecto que tienen en mí”, escribió. Por eso no tiene reparos en abrir largas explicaciones –era un adicto a la claridad y un apasionado de los detalles “en los detalles está la verdad”, decía–, pero al mismo tiempo invita a sus lectores a saltar frases o párrafos completos que comprende que pueden resultar aburridos.

A Stendhal Roma le huele a coles podridas. Alaba las narices romanas y los helados, se emociona con las obras monumentales de Bernini y Borromini, con los cuadros del palacio Barberini. Allí se sentía “feliz de vivir” y la describe como “la ciudad de las almas, que tiene una lengua que todas las almas entienden”. La belleza es para él el territorio común de los hombres: “la belleza es la promesa de la felicidad”.

Pero así como no es posible encontrarle en Roma, tampoco en otras partes de Italia. Ni siquiera en Milán, donde la Scala fue más patria suya que cualquier calle parisina, esa ciudad que es además la verdadera protagonista de Roma, Nápoles y Florencia (1817) aunque no figure en el título, y que es, por otra parte, el único libro suyo que conoció el éxito de una segunda edición. Y no es posible hallarle entre otras razones porque su sitio fueron los salones, los bailes, la ópera y las tertulias –pasaba el tiempo literalmente hablando–, y ese mundo ha desaparecido. 

Aunque sí un poco en Florencia. Allí, un 22 de enero de comienzos del siglo XIX, escribió: “A la derecha de la puerta está la tumba de Miguel ángel (…) Diviso a continuación la de Maquiavelo y, en frente, la de Galileo. ¡Qué hombres! Y podría añadirles a Dante, Petrarca y Boccaccio. ¡Qué asombrosa reunión! (…). Estaba yo en una especie de éxtasis por la idea de estar en Florencia y la proximidad de aquellos grandes hombres cuyas tumbas acababa de ver (…) Había llegado a ese punto de emoción en el que convergen las sensaciones celestes provocadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a derrumbarme». 

Ahí lo encontré por primera vez. Después de recorrer Florencia con los ojos abiertos es fácil identificarse con esa sobredosis de belleza que mareó al francés y que hoy se conoce como el Síndrome de Stendhal. Y esa es una de las claves para entender su obra y biografía, difícilmente escindibles:  hablamos de un escritor que no se halla en el terreno, sino en la emoción y el sentimiento. De hecho, esos libros de viaje son, sobre todo, ficticios: ni las fechas corresponden con su biografía, ni parece que haya conocido en realidad muchos de los lugares que menciona. No tenía reparo en inventar una cita o falsear la información. Para él lo importante era la esencia. No trató de reproducir la belleza, ni de informar con exactitud, sino de sugerir. Por eso a veces se extiende, pero muchas más prescinde de las disquisiciones, también movido por su conocida pasión por el mot juste, la palabra precisa, una búsqueda que lo llevó incluso a leer todas las mañanas el Código Civil para contagiarse de su estilo seco y objetivo: “todo esto, explicado en diez páginas elegantes, sería comprendido por todos y aumentaría la dosis de ciencia que permite ser pedantes a los tontos (…) Las sensaciones pueden indicarse, pero no se comunican. Los recuerdos de los viajeros ante estas ruinas son excelsos y llenos de emoción. (...) pero nadie tiene el poder de hacerle apreciar a nadie las bellas artes. No se puede hacer tragar el placer como si se tratase de una píldora”.

 

Las huellas de un hombre apasionado

No sólo su naturaleza cosmopolita hace difícil encontrar a Stendhal. ¿Cómo rastrear a un hombre que no se sintió de una sola ciudad ni de colectivo ninguno, que detestaba la masa, los grupos, cualquiera que fueran, que se sentía feliz de no encajar en ninguna parte, clase social, profesión o patria y que además se escondió detrás de seudónimos?  

Sus máscaras y engaños fueron de todo tipo, empezando por el mote con el que ha pasado a la posteridad. Stendhal es el nombre de una localidad prusiana, y fue solo uno de los más de doscientos que usó en su vida. Pero nada de esto significa que mintiera. Maestro de la simulación, era en realidad un apasionado de la verdad, honrado en grado sumo a la hora de emitir sus juicios y explicar sus emociones. Un hombre independiente. Libre. Su máxima era ser “él mismo” y su intención, conocer a los hombres y los laberintos del alma –“soy un observador del corazón humano”, “no tengo pretensiones de ser veraz salvo en aquello que afecta mis sentimientos”. Eso lo hizo un adelantado a su tiempo, al ejercer una escritura casi de psicoanalista. De hecho, fue ese deseo el que lo llevó a disfrazarse: se sentía cómodo tras esos seudónimos que le daban la libertad para expresar su verdadera opinión sobre los otros, sobre el papismo y la iglesia –que conseguían ponerle de mal humor– o sobre sus fiascos amorosos, esos episodios de impotencia y fracaso con las mujeres que relató sin inhibición, como sólo Montaigne lo había hecho antes y nadie más después con tanta honradez.

Porque aunque disfrazó de novelas La vida de Henri Brulard o sus Recuerdos de egotismo, se trata de libros autobiográficos en los que se retrata con absoluta verdad –nadie antes había confesado tantas verdades sobre sí mismo como Stendhal–. Más seco que sensiblero, interesado en sentir pero sobretodo en comprender por qué y cómo sentía, fue un observador meticuloso de sus sentimientos, de sus opiniones generales a sus emociones y trastornos más íntimos, que luego expresó con franqueza, insolencia y osadía. Entre ellos, el desprecio que sentía por su padre –confesó haberse arrodillado para dar gracias al cielo cuando murió–, la pasión edípica por su madre, sus inhibiciones sexuales o su desmedida vanidad.

Y es con esa sinceridad tan suya –esa que Alain de Botton sitúa entre la emotividad de una niña de doce años y el rigor de un juez de la corte suprema–, con la que arremete contra lo intocable de su época, siendo un crítico precoz del pensamiento antecesor a lo políticamente correcto y que él denominaba lo adecuado. Sabía que para no ofender había que limitarse a decir generalidades. Pero no se callaba. Y esa franqueza hizo que incluso lo expulsaran de su amada Milán, acusado de un «espíritu político muy malo», por sus sarcasmos contra el gobierno y sus conductas anticlericales y revolucionarias.

Stendhal escribió que no había peor desgracia que llevar una vida aburrida y que había que vivir movido por el impulso de la emoción. Por eso un lugar para encontrarle, 173 años después de su muerte y cuando sigue siendo un iluminador de lo contemporáneo, es en el testimonio de sus grandes pasiones. Así como sus personajes Julian Sorel o Fabrizio del Dongo sufren al ardor de ciertas mujeres, también la vida del feo Stendhal –gordo, bajito, tímido, nariz rechoncha, cuello demasiado corto, ampulosa barriga y el rostro de ‘carnicero italiano’, como se describió él mismo – estuvo marcada por sus amores, a quienes sedujo con su elocuencia, matizando esos defectos físicos con el atractivo natural de la inteligencia y la buena conversación.

Es famoso el pasaje de La vida de Henri Brulard en el que cuenta que en el lago Albano, en el polvo, escribió las iniciales en las que podía resumirse su biografía: V. Aa. Ad. M. Mi. Al. Aine. Ang. Mde. C. G. Ar –Virginie, Angela, Adele, Mèlanie, Mina, Alexandrine, Angeline, Métilde, Clémentine, Gulia–. Romántico del siglo XIX, uno encuentra a Stendhal en esas mujeres que amó, casi siempre sin éxito, y quizá fue eso, como explica Stefan Zweig, lo que lo llevó a observar con tanta atención la psiquis y la urdimbre de los sentimientos.

Él hizo de la búsqueda de la felicidad la razón de su existencia. Pero esa dicha no estaba en la conquista sino en el anhelo. “La espera es la felicidad”, escribió en sus Paseos, en la misma línea de Stevenson cuando dice que “viajar esperando es mejor que llegar”. Y el motor de esa búsqueda fue su enorme curiosidad. En una carta a su hermana Pauline escribió: “de todas mis pasiones, la única que me queda es la de ver cosas nuevas”.  Ese ímpetu fue el que presidió su biografía, el que lo hizo viajar sólo por el placer de escuchar las óperas de Rossini y Cimarosa, ver un cuadro de Rafael, disfrutar de una buena conversación –con Byron y Merimée, por ejemplo– o de la compañía de una mujer.

 

Una tumba como biografía

Como no es posible encontrar al autor de La Cartuja de Parma en Grenoble, ni en las calles de París y tampoco en la Italia de la que se sitió ciudadano, el último lugar para buscarle es su tumba. Una que, por cierto, no hubiera querido que fuera la suya, pero la tibia pobreza que enfrentó al final de su vida hizo que no tuviera suficiente dinero para ser enterrado en el cementerio que prefería, y lo fue en el de Montmartre, en una sepultura sacudida durante años por las vibraciones del metro hasta que una sociedad de amigos consiguió trasladar sus restos a un sitio mejor.

¿Pero quién yace en la tumba de un poeta? El poeta desde luego no, como dice Cees Nooteboom. Tampoco Stendhal está en su tumba, pero es verdad que en pocos casos un epitafio resume tan bien un destino, es una condensación igual de la biografía de un poeta de su propia vida, maestro en el arte de vivir: “Arrigo Beyle, milanese. Vivió, escribió, amó”.

Uno sólo va a tumba de los muertos que le importan. Y como una especie de comunión, somos muchos los que hemos ido hasta allí para pedirle permiso de ser parte a esos Happy few para los que decía escribir –esas “almas afines” que buscó en vano a lo largo de su vida–, para contarle que, como él, desconfiamos de los grupos, no tenemos una sola patria y estamos llenos de curiosidad por nosotros mismos, observadores persistentes del sentimiento y el alma. Entonces, ¿dónde está en realidad el escritor? Como a la mayoría, es inútil buscarlo en ningún escenario. Un artista está en su obra. En ella vivieron y es allí donde no mueren nunca. 

Publicado en la Revista Arcadia, edición 135.

Posverdad

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En el 2013 fue ‘Selfie’. En el 2015, el emoji que llora de la risa. Y en el 2016, ‘posverdad’. Todos los años, Oxford elige la nueva palabra que incluirá en su famoso diccionario y la semana pasada anunció que el neologismo ‘post-truth’ se ha impuesto como el nuevo término para “denotar circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.

En otras palabras, no importa la razón sino las tripas. La verdad se ha vuelto irrelevante. El término pretende describir la conmoción que ha supuesto el Brexit, el triunfo de Donald Trump y la derrota del Plebiscito para la paz, tres posverdades que sobrepasan las expectativas racionales y responden más a cuestiones emocionales que a la razón o la lógica. The Economist ya lo explicaba a propósito del resultado de las elecciones americanas: “Donald Trump es el máximo exponente de la política ‘posverdad’: una confianza en afirmaciones que se ‘sienten verdad’ pero no se apoyan en la realidad”. 

En Estados Unidos circuló un supuesto mensaje en el que el papa Francisco pedía el voto por el candidato republicano, otro que aseguraba que Bill Clinton había violado a una niña de 13 años y uno más según el cual el auge de Hillary estaba rodeado de varias muertes, entre ellas las de un agente del FBI que la investigaba y un empleado del partido demócrata que iba a testificar contra ella. Aquí, por Facebook y Whatsapp, circulaban cadenas que afirmaban que, de ganar el sí, cada colombiano tendría que adoptar un secuestrado, que Timochenko sería candidato presidencial, que los votos del No serían borrados gracias a los esferos borrables que se instalarían en las mesas de votación y que una supuesta ley Roy Barreras obligaría a aportar el 7% de la pensión para el sostenimiento de las bases guerrilleras. Todo mentira, que en estos tiempos ya no sobra repetirlo.

Entonces, cuando se sabe por estudios como los del Pew Research Center que el 60% de las personas emplea las Redes Sociales para informarse, ¿cómo combatir todos esos posts que “parecen verdad” pero no hacen más que desinformar y confundir? Porque no pasa sólo en temas políticos: basta entrar a Facebook cualquier mañana para ver cómo uno de tus amigos ha compartido un post que explica, en letras mayúsculas, cómo el limón es el gran remedio contra el cáncer, cómo el cilantro puede eliminar todos los metales del cuerpo en 42 días o cómo las farmacéuticas desarrollan medicamentos que no curan enfermedades sino que las cronifican para mantener su industria multimillonaria. 

Tres meses después de que Facebook despidiera a los 18 editores que seleccionaban las noticias destacadas en favor de un algoritmo para hacer el trabajo, la plataforma ha sido acusada de influir en el resultado de las elecciones gracias a la difusión masiva de noticias falsas. Y aunque Mark Zuckerberg insista en que esa influencia no ha sido tal pero, al mismo tiempo, se una a Google para impedir el acceso a la publicidad a las páginas web que promuevan esos bulos, yo soy pesimista y creo que ya no hay solución para esta deriva. 

Antes, los grandes medios, los buenos periódicos y revistas, ejercían el papel de porteros, evitando con sus verificadores de datos y su ética esos goles tan fáciles de colar a través de la apariencia de noticia. Pero ellos ya no controlan la distribución de sus contenidos. La gente ha dejado de valorar las fuentes –les da igual si la información está publicada en el New York Times o en chucuchuchucuchu.com– y la pérdida de credibilidad que padecen las grandes cabeceras, en algunos casos con razón, tampoco ayuda a parar la expansión de esta problemática. Y todo esto mientras lo que se afirma como verdadero ya no tiene ninguna base en la realidad; abundan los supuestos expertos dispuestos a demostrar cualquier afirmación por dinero, cercanía con el poder o posibilidad de influencia y el resto difunde bulos por pura ignorancia.

Pero lo que más inquieta no es solo que la gente divulgue y crea en falsas afirmaciones y paranoias conspiratorias, sino que llamemos “posverdad” a lo que no es otra cosa que mentira. Y que encima se incluya en el diccionario. Como en el 1984 de Orwell, cuando el Ministerio de la Verdad reemplazaba oscuridad por inluz o inoscuro, caliente por infrio e inbueno para decir mal; dejamos de llamar a las cosas por su nombre y nos olvidamos de que es precisamente el lenguaje el que posibilita el raciocinio y que en la verdad está una de las bases de la democracia.

Y así es como nos encaminamos demasiado veloces a cumplir ese presagio en el que para el 2050 ya habríamos todos adoptado la Neolengua, esa cuya finalidad “no es aumentar, sino disminuir el área del pensamiento, objetivo que puede conseguirse reduciendo el número de palabras al mínimo indispensable”. Si no es que estamos ya ahí, en ese momento estelar de la historia en el que LA GUERRA ES LA PAZ. LA LIBERTAD, LA ESCLAVITUD. LA FUERZA, LA IGNORANCIA. 

Del amor y no la guerra

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No sé de qué hablar… ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo? ¿De qué?” Liudmila, se llamaba. Vivían cerca de la central nuclear de Chernóbil. Ella hacía pasteles. Su esposo era bombero. Se habían acabado de casar y solían ir todo el tiempo cogidos de la mano. El día en que el reactor explotó, a él, que estaba de guardia en la estación, le tocó atender la emergencia en mangas de camisa, sin ningún traje especial. Trabajó toda la noche sofocando el fuego, y él, como sus compañeros, recibió una dosis letal de radiación. A la mañana siguiente, lo trasladaron a Moscú. Alguien severamente afectado por la radiación no vive más de un par de semanas. Él fue el último en morir.

Ella lo siguió hasta la capital. Le dijeron que estaba en un cuarto de aislamiento y que no le estaba permitida la entrada. “Pero yo lo amo”, suplicó. Intentaron convencerla: “Este ya no es el hombre que amabas, es un objeto que necesita descontaminarse. ¿Entiendes?”. Pero ella insistía: “Lo amo, lo amo…”. En las noches, subía por la escalera de emergencia para verlo y otras veces sobornaba a la guardia para que la dejaran entrar. No lo abandonó, estuvo con él hasta el final. Unos meses después de su muerte, dio a luz a una niña, pero sólo vivió unos días porque absorbió toda la radiación. Fue eso lo que salvó a Liudmila de una muerte como la de su marido. “¿Por qué son el amor y la muerte tan cercanos? Se preguntaba ella. “La gente se muere, pero nadie pregunta de verdad sobre lo sucedido. Sobre lo que hemos padecido. La gente no quiere oír hablar de la muerte, de los horrores”. Y por eso ella habla de amor, de cómo ha amado. 

Leí este testimonio en Voces de Cheróbil, el extraordinario libro de la premio Nobel Svetlana Alexiévich, y me acordé de él esta semana cuando vi La Ciénaga, entre el mar y la tierra, la película de Manolo Cruz que cuenta la historia de Alberto, un hombre de 28 años que padece una enfermedad que le impide el movimiento autónomo y le obliga a vivir conectado a un respirador artificial. Todo eso en medio de una precariedad que mantiene frustrado su sueño de ir al mar que está cruzando la carretera a sólo 300 metros de su casa. 

¿De qué hablar? ¿De la guerra? ¿De la muerte? ¿Del amor? Esa pregunta que se hacía Liudmila en Chernóbil se la hizo también el joven director de La Ciénaga cuando empezó a escribir su primer guion y sitió que era necesario contar a Colombia de otra manera, con historias que se alejaran de la violencia, el narcotráfico y la miseria que hemos explotado hasta el cansancio en el cine, el arte y la literatura nacional. Y lo hizo: Cruz nos habla del amor de una madre, de la lealtad de una gran amistad y de la pobreza con elementos simbólicos potentes como la madre que cuenta las monedas para comprar una libra de lentejas o recoge 17 mil pesos en menuda que no le alcanzan para cumplir el anhelo de su hijo. 

Ah… contar monedas… No se me ocurre una imagen más verdadera de nuestra penuria y escasez. Somos un país que todo el tiempo cuenta menuda, para ajustar para el arroz, el bus o un cigarrillo ‘menudiado’. Ese contar monedas nos define casi más que nuestra guerra. De hecho, quizá es ahí donde comienza nuestra violencia, en ese acto tan humillante y al mismo tiempo valiente que nos ha enseñado a vivir al día, con lo justo, a ponerle una sonrisa a esa plata que nunca alcanza y que nos hace vivir al fiado, al debe, faltándonos siempre ‘cinco centavos pal peso’.  

Cuando en su discurso ante la Academia sueca Svetlana Alexiévich dijo que venía de un país donde se les enseñaba a morir desde la infancia, en el que a aprendieron a vivir con la muerte y en el que creció entre verdugos y víctimas, es difícil no pensar en Colombia. Y aunque termina su discurso diciendo que “en los tiempos que corren es difícil hablar de amor”, no deja de intentarlo. Por eso me he acordado de ella cuando vi ese intento de Manolo Cruz de buscar otro camino para contarnos como país sin caer en el sentimentalismo y la pornografía de la guerra y la miseria, pero al mismo tiempo desde el amor y la muerte, siempre tan cercanos, como decía Liudmila, y quizá, junto con el viaje, los únicos temas que importan, los únicos que en realidad existen. 

Justicia o eficacia

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Contaba un conocido que ahora vive en El Llano que el otro día se montó a un taxi y el conductor, muy querido, empezó a conversarle. Iban hablando de corrupción, guerra, violencia. El hombre le contó que llevaba 10 años de taxista, pero que en su juventud había sido muy necio. ¿Muy necio? Cuente —le preguntó por pura curiosidad, pensando que se trataba de juergas adolescentes, de esas que involucran buenas parrandas y mujeres bonitas. Pero qué va. Sicariato, —le contestó. De los 14 a los 20 años. Pero cambió cuando tuvo un hijo. Era muy peleón, dijo, se bajaba al que le caía mal en algún momento. “Y lo más tenaz eran los pedidos con niños”.

El pasajero, que ahora está en Colombia pero lleva más de una década en Europa, disimuló el shock por miedo y le siguió la conversa. Hasta se atrevió a preguntarle cuántos. —36 muertos. Luego se bajó del taxi entre la perplejidad, la impotencia y la resignación. ¿Qué podía hacer? Llamar a la policía obviamente no. Ni denunciarlo. Incluso siente temor al contar la historia a sus conocidos.

Todos los colombianos hemos oído un cuento como éste alguna vez. Desde historias atroces que permanecen sin condena hasta las de ladrones de cuello blanco que lleva años sin ser investigados, narcos que burlan la justicia y sus peripecias se narran no como delitos sino como hazañas de superhéroes y bandidos que tumban a un montón de incautos y en vez de juzgarlos, muchos les ríen la gracia.

Tantos crímenes que no llegan a juicio y lo permisivos que somos a la hora de condenar ciertos delitos choca con ese clamor que ahora se oye con fuerza tras la derrota de la paz en el plebiscito y que grita ¡No a la impunidad!

¿En serio? ¡Pero sí somos uno de los países con uno de los sistemas judiciales más ineficaces del mundo! En el ranking de justicia penal del 2015, Colombia ocupó el puesto 83 en una lista de 102 países. Y no hacen falta tablas de clasificación. Una historia como la que contaba al principio lo confirman.

Por eso deberíamos preguntarnos si hace falta levantar tanto la voz para exigir justicia o más bien reclamar primero eficacia al sistema (que es, entre otras cosas, lo que pretendía el Acuerdo de Paz con el Tribunal de Justicia Transicional).

Porque la eficacia va antes que la justicia, ya que es precisamente la que la posibilita. En Estados Unidos y el Reino Unido, por ejemplo, las investigaciones suelen ser rápidas y los acuerdos extrajudiciales son corrientes. Muchos casos se resuelven con compensaciones económicas antes de llegar a juicio, especialmente en la vía civil, pero también ocurre en lo penal. Y llegados a las condenas, los crímenes más graves cuentan con castigos severos. En Europa, por el contrario, los procesos son lentos y la justicia es más meticulosa: se mira todo con lupa, y la propensión es a alcanzar la solución más justa. Las penas suelen ser menos largas que las americanas y, aunque varía de país a país, la tendencia es a priorizar la resocialización sobre el castigo.

Se trata de dos modelos muy distintos, también llenos de fallas, pero ambos coinciden en la eficacia del sistema a la hora de apresar, encarcelar, perseguir y condenar a quien comete un delito. ¿Y qué pasa en Colombia? Da igual, porque qué más da lo larga o severa que pueda ser una sentencia cuando las posibilidades de que te pillen o te juzguen son remotas, cuando no hay protección real para las víctimas que denuncian ni para los testigos. La sanción, que debe funcionar como mecanismo disuasorio, pierde todo su poder cuando son tantas y tan conocidas las formas de evadirla, quebrarla, de incluso manipularla a la carta.

Por eso nadie debería indignarse tanto con eso de la impunidad cuando el verdadero problema radica en la ineficacia. Porque no es sólo la privación de la libertad. En Colombia millones pondrían el grito en el cielo si un tipo como Garavito, el violador de niños en masa, o un miembro de las FARC fueran a parar a una cárcel como las escandinavas u holandesas, con cocina, baño privado, nevera, pistas deportivas y tiempo para grabar musicales en un estudio con equipos profesionales, criar animales en un área con vegetación nativa o plantar verduras.

En tiempos en los que la paz toca a la puerta y no la dejamos pasar con el argumento de “un acuerdo injusto”, pensemos en que hay otras formas de reparar a la sociedad que no pasan necesariamente por condenas severas. Para el padre de un desaparecido, justicia puede ser saber dónde fue despojado el cadáver de su hijo; para un secuestrado, que nunca nadie vuelva a sufrir un martirio similar; para un pueblo destruido, la tranquilidad de no vivir, por fin, en medio de la guerra; para un guerrillero raso, la posibilidad de reinsertarse de veras en una sociedad a la que no ha tenido oportunidades reales de pertenecer en otros términos. Y para un país injusto como el nuestro, lo justo sería aspirar a que un día si uno se sube a un taxi y el conductor se ufana de haber matado 36 personas como si hablara del clima, pueda uno llamar a la policía y no tener dudas de que se investigará, con eficacia, a ese posible asesino. O mejor, pensar que nunca hubiera podido alardear, porque hace años que estaría detenido.

Snowden

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¿Quién es Edward Snowden? Muchos habrán oído su nombre sólo ahora que Oliver Stone hizo sobre él su última película. O puede que lo hayan oído, pero lo confundan, y no consigan definir exactamente qué fue lo que hizo.

John Oliver, el comediante y presentador de Last Week Tonight –a mi juicio también gran periodista– se tomó el trabajo de hacer esa pregunta en Time Square, a ciudadanos de todo tipo, y las respuestas fueron las siguientes: “no tengo idea de quién es”; “es un pirata informático que vendió una información a alguien”; “reveló documentos que no debían ser revelados”; “lo que compartió puso en peligro la seguridad y los intereses de EE.UU”; “vendió información a Wikileaks” o “es el encargado de Wikileaks”.

Un hombre arriesga su vida, se condena voluntariamente al destierro, al exilio, el acorralamiento, a quedarse sin pasaporte, a estar en la “lista de la muerte” de la CIA, a enfrentar el quiebre de su vida cotidiana y a poner en peligro a su familia por revelar una verdad que nos afecta directamente a todos, en nuestra intimidad y nuestros derechos fundamentales, y luego nadie recuerda su nombre o comprende qué fue lo que hizo. Menudo destino.

Pero la historia no es exactamente así. De hecho, Snowden es hoy un ícono de la cultura popular: da conferencias y clases alrededor del mundo en forma de BeamPro (un robot con dos patas y ruedas conectadas a una pantalla en la que aparece su cara en vivo y en directo). Vende miles de camisetas y posters con su figura, aparece robóticamente en festivales de cine, ha inspirado series y novelas e incluso Citizenfour, la película de Laura Poitras sobre él, ganó el Oscar al Mejor Documental y el premio Pulitzer.

¿Pero quién es Snowden? Para empezar, no un pirata informático. Ni un miembro de Anonymous, ni es Julian Assange, el hombre detrás de Wikileaks, otra cosa muy distinta. Snowden es el analista informático, antiguo trabajador de la CIA y la NSA, que en 2013 hizo públicos, a través de The Guardian y The Washington Post, hasta qué punto el gobierno estadounidense se había colado electrónicamente en la intimidad de millones de ciudadanos. Gracias a sus filtraciones, la administración Obama se vio forzada a poner límites al espionaje masivo, a la peligrosísima práctica de husmear en las conversaciones telefónicas, correos electrónicos, historial online y redes sociales de millones de personas. Y gracias a ello, instituciones de toda Europa declararon ilegales este tipo de operaciones y han impuesto restricciones a actividades similares en el continente, aunque en la práctica no podemos saber hasta qué punto esto se cumple. Todo el tiempo y en todas partes hacen falta Snowdens para enterarnos.

Lo que me más me interesa de este personaje es que, sin duda, ha provocado el mayor debate público respecto a la intimidad. ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificar nuestro derecho a la privacidad en aras de la seguridad de nuestros países? ¿Tenemos que renunciar a este derecho fundamental sólo para que en alguna conversación aleatoria, fisgoneada sin permiso, un gobierno detecte un posible atentado terrorista o una amenaza colectiva?

He oído decir tantas veces a tanta gente: “a mí que me espíen, yo no tengo nada que esconder”, que me parece fundamental insistir de que se trata de un enfoque perverso y equivocado, una frase que, de hecho, tiene su origen en Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler. Y se trata de un error no sólo porque todos sin excepción tenemos algo que preferimos que se mantenga fuera del dominio público –y estamos en todo nuestro derecho de que así sea–, sino porque como ha repetido tantas veces el propio Snowden como un mantra: “la intimidad equivale a la libertad”.

Yo tengo amigos profesores, periodistas, gente común y corriente, que fueron víctimas de las chuzadas del DAS durante el gobierno de Uribe. Usted mismo, solo por una conexión remota de tercer o cuarto grado, pues haber sido espiado por el gobierno americano o de Colombia en sus correos electrónicos, en su Facebook, en ese celular que ha usado para mandar fotos subidas de tono para calentar a su pareja, o en su vida cotidiana a través de la cámara de la pantalla de su portátil. Y puede que usted siga pensando que qué más da, que no tiene nada que esconder, que eso no representa ninguna amenaza. ¿Pero qué pasa si más adelante, otro gobierno más totalitario, decide que utiliza esa información en su contra? Desde para impedirle acceder a un trabajo porque en privado manifestó alguna opinión negativa sobre el futuro jefe hasta ponerlo en la cárcel por su tendencia política.

En palabras del propio Snowden, decir que a uno no le importa el derecho a la privacidad porque no tiene nada que esconder es lo mismo que decir que a uno no le importa la libertad de expresión porque no tiene nada qué decir. Los derechos no son solo individuales, sino colectivos. Y esa información privada que a lo mejor hoy no tiene importancia para usted, puede ser importante en el futuro para otras personas que quieran utilizarla contra usted o contra todo un estilo de vida. La privacidad no es sobre lo que uno desea esconder, sino información que uno quiere proteger. Es un derecho que nos da la habilidad de compartir con el mundo quienes somos, pero en nuestros propios términos, sin ser sacado de contexto o divulgado por otros. Es el derecho a mantener en privado esas partes de uno que son apenas un intento, un titubeo, facetas con las que uno experimenta en el momento de constituir su identidad. Y por eso mismo, si perdemos la privacidad, perdemos la privacidad de cometer errores, de ser nosotros mismos.

Yaya

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Si la vejez fuera un talento, a ella, con seguridad, ya le hubieran dado premios. Hay quien piensa que cumplir 106 años es una cuestión de suerte, de casualidades afortunadas y buena genética. Y eso puede valer para cualquiera que pase de cierta edad, pero a Bernarda, mi  bisabuela, bastaba verla y oírla hablar para entender que en su caso sí había algo de mérito. Y no porque con ella se cumplieran los clichés de la vida sana y sin excesos: comía chicharrón, leche entera, huevos por docenas, jalapeños, embutidos y todo tipo de grasas saturadas. Fumó hasta los sesenta años y tomó whisky en las fiestas familiares hasta el último día. 

Su secreto, –me lo dio cuando cumplió 100 años– consistía en no haberse preocupado nunca por lo que iba a pasar mañana y en “no haber tenido marido”. Porque Yaya –así le decíamos los nietos–, que nació en 1908 y tuvo su primera hija a los 17 años, a los 21 ya había dejado a su esposo porque coqueteaba con otras mujeres y era un celoso empedernido. Era el comienzo del siglo XX en Colombia –debió ser una de las primeras en separarse, seguro– y el día que mi bisabuelo, José María, la esperó a la salida de la misa para presionarla para que volviera a la casa, amenazándola con que, si no, le iba a quitar a las hijas, ella le dijo que le parecía una idea estupenda que se las llevara, y que sólo le avisara con tiempo cuando iba a pasar a recogerlas para que las niñas se fueran con todo empacado y listo. José María no volvió a insistir, claro, y esa que parecía una buena estrategia femenina era más bien una demostración de su carácter.

En 106 años, no supo lo que era un dolor de cabeza y mantuvo  todas sus facultades en su sitio. Oía la radio mañana y tarde y comparaba el periódico todos los días. Nunca sufrió de nostalgia y jamás la oí decir que todo tiempo pasado fue mejor. No tenía dudas ni miedo a la muerte. Me enseñó esa frase fantástica de “el que tiene campanillas no las suena, porque le suenan solas”. Y en los últimos años, su único achaque fue que le dolían las piernas, pero decía que era justo porque se las había gastado viajando, pateando Europa en los años 30 y recorriendo Estados Unidos, donde vivió casi 40 años y aprendió el inglés que habló hasta el último día sin dificultad. Tenía 3 hijas, 19 bisnietos y había perdido la cuenta de los tataranietos, que son más de 20. El dinero le parecía una enfermedad mental, leía sin gafas, se bañaba con estropajo todos los días y sólo como a los 100 años dejó de ir al casino. Siempre que la vi, me insistió en que no me fuera a casar, y en que no dejara mis viajes y mi nomadismo.

Viente minutos antes de morir, se había reído cuando le mostré las fotos de la India. Fui testigo de su última sonrisa, esa tan suya, que empezaba en unos ojos brillantes, levantando las cejas, y que le iluminaba toda la cara. Luego inclinó su cabeza sobre la mía y chocamos la frente. Entonces le pedí bajito que me pasara toda esa inteligencia que tenía ahí guardada. 

Antes de mostrarle las fotos le dije que mirarla era aprender. Que admiraba su fortaleza, que estaba hecha de una madera distinta, de unos genes que yo esperaba haber heredado. Se rió también. Y le repetí mi promesa: que un día escribiría nuestra historia, que comienza con ella. 

Veinte minutos después, ella decidió que se iba. Rodeada de toda su familia, tuvo una muerte a la altura de su extraordinaria biografía. Fuimos pasando en silencio cada uno a despedirnos, y lo cierto es que lloramos poco, porque en su caso no era tanto una muerte como celebrar una vida. Pero cuando lloramos, lloramos dos veces. Cuando un abuelo muere despedimos también y otra vez a esos otros seres queridos que se han ido antes y a destiempo. Y llora uno porque se remueven los recuerdos, en especial los de la infancia feliz que nunca vuelve y los de la familia en sus mejores momentos, esa que ya nunca será la misma pero que cada uno intenta replicar en su propia biografía.

Cuando alguien muere, termina el cuento y comienza la leyenda; empieza esa segunda vida que es el recuerdo. Y no mueren nuestros viejos mientras seguimos vivos, porque los llevamos en la sangre, en el carácter y en los gestos. Nadie se va del todo mientras haya alguien intentando estar a la altura de su memoria. No hay muerte mientras no haya olvido.

Leer, para qué

Hace un par de días que terminó la Fiesta del Libro y la Cultura. Las cifras oficiales hablan de 420.000 visitantes, 350 invitados, 10 ediciones, 90 expositores, 240 talleres diarios y 110 lanzamientos de libros. No tengo la cifra del número de ejemplares vendidos. Pero tampoco tiene demasiada importancia: la feria se trata sobre todo de acercar a los lectores a nuestros autores conocidos y presentarnos otras voces, despertar la curiosidad sobre las novedades editoriales y recordarnos también las deudas, esos clásicos que siempre están ahí haciéndonos ojitos y hasta levantando la ceja con algo de reproche porque siguen engrosando nuestra lista de lecturas pendientes.

Nunca dejo de ir a una a feria del libro si tengo oportunidad. He celebrado con ganas Saint Jordi por las calles en Barcelona, paseado entre casetas por el Parque del Retiro en Madrid saludando amigos que firman ejemplares y siempre he salido de Corferias cargada de novedades para mi biblioteca. Este año no pude estar en la de Medellín, pero recuerdo con entusiasmo el año pasado cuando me encontraba a mis alumnos de periodismo por los corredores del Jardín Botánico con libros entre las manos o entre el público de algún conservatorio.

Y me acuerdo también de la pregunta que me hacían todos insistentemente, en la feria pero también en el salón de clase, cada que citaba a alguno de mis autores favoritos y les repetía eso de que “hay que amoblar la cabeza”: así como uno decide qué muebles pone en su casa y en qué sofás sienta a sus invitados, del mismo modo hay que elegir con cuidado el conocimiento que almacenamos, todas esas lecturas que terminan por engrosar nuestro repertorio y definir cómo y en qué pensamos. Y lo que somos.

La pregunta parece muy sencilla para alguien que, en teoría, ha leído mucho: ¿qué libros nos recomienda, profe? Pero la respuesta me resulta complejísima. De hecho, soy muy mala para recomendar libros: he terminado por comprender que cada lectura tiene un momento y un lugar, y ninguna, por clásica u obra maestra que sea, le dice lo mismo a todo el mundo, ni siquiera a uno mismo, porque depende siempre del momento vital en el que la abordamos.

Tengo además la sensación de que hoy se lee más que nunca, pero también peor que nunca. Cada vez es más escaso un lector como Montaigne, que se empeñaba en leer precisamente sobre aquello que no conocía –“si se trata de una materia que no entiendo, con mayor razón empleo en ella mi discernimiento”, decía– o como Francis Bacon o Samuel Johnson, que no leían “ni para contradecir ni para impugnar, ni para creer o dar sentido, ni para hallar tema de conversación, sino para sopesar y reflexionar”. Cada vez son más los que se sienten lectores por el número de enlaces que siguen al día, y resulta difícil encontrar, en un círculo “no intelectual”, encontrarte con un amigo que te hable de literatura. Ojo, de literatura, que no de libros. De libros habla todo el mundo. Y sucede que son dos cosas distintas. Porque en formato libro vienen empaquetadas todo tipo de cosas, desde recetas de cocina hasta manuales de marketing digital, cómo hacer los mejores jugos verdes o la tradicional autoayuda.

Y entonces pienso que el consejo que me pedían mis alumnos y ahora sé que la respuesta no tiene que ver con títulos, sino más bien con esa categoría magnífica que es la literatura y que incluye la mejor poesía, el gran teatro, los buenos cuentos y novelas y el gran periodismo narrativo. De Hemingway a Shakespeare, de Stendhal a Borges, de Dostoyevski a Cervantes, pero también de Karen Blixen a Milan Kundera, de Jonathan Franzen a Karl Ove Knausgård, de Martha Gellhorn a Martín Caparrós y Emnanuel Carrère, lo que todos esos autores nos regalan es una posibilidad única: la de conocer a fondo al ser humano con sus luces y sombras. Entendernos mejor a nosotros mismos. Entender algo. Y porque como todo arte, es el camino más corto entre eso que no sabemos muy bien qué es y que llamamos “alma”. Eso que nos explica un poco mejor aquello que nos emociona, nos hace vibrar, nos pone los pelos de punta o nos saca lágrimas.

En palabras de Harold Bloom: “leer porque no podemos conocer a fondo a toda la gente que quisiéramos; porque necesitamos conocernos mejor; porque sentimos necesidad de conocer cómo somos, cómo son los demás y cómo son las cosas. Leer para desarrollar la propia personalidad, leer como fuente de sabiduría, leer para aprender a pensar, a reflexionar para hallar aquello único que se comparte con personajes, con historias y sentimientos en ocasiones muy lejanos en el espacio y en el tiempo. Leer, en fin, por el simple y egoísta placer de la lectura”.

Aprender a pensar

Se habla mucho otra vez en estos días de David Foster Wallace, cuando se cumplen veinte años de la publicación de su libro más conocido, La broma infinita. A Wallace se llama “el Kurt Cobain de la literatura”. Se suicidó a los 46 años en su domicilio de Claremont, California, poco después de que la revista Time considerara La broma una de las cien mejores novelas del siglo XX en inglés y que la crítica lo calificara como uno de los escritores más influyentes de los últimos cincuenta años.

Wallace abordó el malestar de nuestra época: del exceso de información a la influencia de las multinacionales y las corporaciones financieras, de la cultura pop a la industria del entretenimiento, del deporte, la música y las drogas a la soledad del ser contemporáneo.

Pero a mí, de toda su producción, me interesa sobre todo el único discurso que dio en su vida, el que pronunció en la ceremonia de graduación de Universidad de Kenyon ante un auditorio de alumnos embelesados. Es una conferencia sobre la importancia de las Humanidades, sobre “aprender a pensar”, como él lo llamaba.

Damos todos por hecho que sabemos pensar. Pero dice Wallace que no se trata de la capacidad de hacerlo, sino de una elección: en qué pensamos, y cómo lo hacemos. Y cuenta una historia: Hay dos tipos en un bar en Alaska. Uno es religioso y el otro, ateo. Discuten sobre la existencia de Dios. El ateo le dice: “Mira, no es que no tenga razones para creer. El mes pasado me pilló una tormenta de nieve, a 10º bajo cero y estaba completamente perdido. Entonces me arrodillé y grité: Dios, si existes, ayúdame, porque de lo contrario voy a morir”. El religioso mira al ateo y le dice: “Pues entonces debes creer en Él. Al fin y al cabo estás vivo para contarlo”. Pero el ateo rueda los ojos y le responde: “no, amigo, lo único que ocurrió fue que pasaron unos esquimales y me explicaron cómo volver al campamento”.

Para Foster Wallace ésta es una muestra de cómo una misma experiencia puede decir cosas completamente diferentes a dos personas, dependiendo de las creencias y de la forma que tenga cada uno de construir sentido a partir de la experiencia: “Creemos que la forma en que construimos sentido es fruto de una elección personal e intencionada, de una decisión consciente”. Y además está la arrogancia: el ateo rechaza con una confianza completa toda posibilidad de que los esquimales hayan aparecido como resultado de su plegaria, y la mayoría de los religiosos, de igual manera, están arrogantemente seguros de sus interpretaciones, con una fe ciega y una cerrazón mental que es en realidad una cárcel en la que el prisionero ni siquiera sabe que está encerrado.

Ahí radica entonces la importancia de las Humanidades, dice el escritor: éstas nos enseñan a pensar, a ser un poco menos arrogantes, a tener una consciencia crítica sobre nosotros mismos y nuestras certezas: porque un gran porcentaje de las cosas de las que estamos seguros resultan ser completamente erróneas y fruto del autoengaño, entre otras razones porque todas esas creencias que consideramos tan nuestras, desde las que miramos el mundo, en realidad no son propias, sino heredadas: de la cultura, la patria, la familia, el entorno. Si rezamos o no depende de todo eso, igual que el equipo de fútbol, la comida favorita y hasta las preferencias políticas.

Pero aprender a pensar implica precisamente quitarnos esa configuración por defecto. Eliminar nuestra visión egocéntrica y aprender a usar la cabeza. Mirar lo que pasa delante, y no lo que me pasa a mí, lo que yo siento. Aprender a pensar, dice Wallace, es en realidad tener el control sobre cómo y en qué pienso.

Ahí están por ejemplo las rutinas, las pequeñas frustraciones de los días, el aburrimiento. Y ahí comienza la tarea de elegir: en qué poner la atención y qué pensar al respecto. Se puede ser hijueputa o ser empático después de un mal día. Pero uno es resultado del pensamiento automático y el otro, fruto de una decisión racional. Y no se trata de un consejo moral, sino de recordar que ante cualquier situación tenemos opciones. En un mundo que se mueve por el ansia, el miedo, la frustración y la adoración de uno mismo, cada cual decide qué dioses adorar –el dinero, el cuerpo, el poder, el intelecto–, y todo eso no es que sea malo, sino que es inconsciente, por defecto. Y lo peor es que todos creemos que somos libres, que toda nuestra batería de creencias las hemos decidido nosotros.

Por eso en aprender a pensar está la auténtica base de la libertad, porque ese que aprende, en lugar de estar proclamando todos los días sus creencias, se cuestiona permanentemente su sistema de valores e ideas, por qué dice, piensa o hace esto o aquello.

Lo malo es que esto requiere esfuerzo, disciplina. Y de ahí que tan poca gente lo haga, porque es más sencillo hacerlo de forma automática, mirándose uno todo el tiempo el ombligo. Y basta mirar todos los días los posts en las redes sociales para darse cuenta de algo que es realmente una pena: teniendo un abanico infinito de opciones, la mayoría elige no usarlas, y se quedan con la configuración por defecto. Y nos sentimos al mismo tiempo tan libres…

Carta a mi madre

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Cualquiera que me conozca sabe, sin duda, la importancia categórica que tienes en mi vida. Cualquiera que haya conversado conmigo más de veinte minutos me habrá escuchado nombrarte, citar una frase tuya o mencionar alguna cosa que he aprendido de ti –que es casi todo–. Cualquiera que haya estado presente en alguna etapa de mi camino con seguridad me ha oído hablar contigo, por lo menos una vez durante el día, y habrá podido intuir la complicidad que nos une a través de esas conversaciones. Cualquiera de mis buenos amigos no sólo te conoce y ha aprendido a quererte sino que sabe que en nuestra cercanía sólo son una anécdota el océano entero y los miles de kilómetros que en teoría –sólo en teoría– nos han separado tantos años.

Desde que crucé la puerta a los dieciocho años para empezar el viaje como un modo de vida elegida, he lamentado cada día que no estamos juntas. Me he arrepentido a veces. Y el fantasma del remordimiento me ha asaltado otras tantas: el peso de tu soledad me ha lastrado más que cualquier maleta, pero al mismo tiempo me ha ayudado a palear la distancia, creo, de una forma exitosa. Quizá por eso hemos estado más cerca que tantas madres e hijas que viven en la misma ciudad. Quizá por eso cada temporada juntas ha sido un goce y cada viaje una celebración. Por eso hemos encontrado tantas oportunidades para reír, tanto tiempo para caminar del brazo por tantos paisajes, tanta cercanía para llorar sin miedo cada vez que ha sido necesario, tantas maneras de decirnos te quiero, tanta fuerza para librar viejas y nuevas luchas.

Cualquier hijo con un poco de sentido de la gratitud quiere darle todo a su madre, pero yo además he querido hacerte sentir que conmigo todo lo que has soñado es posible. Me has dicho tantas veces que te sientes tan afortunada… Pero en realidad la suerte es mía. Soy yo la que puedo apoyarme en ti todos los días y contar con tus consejos y tu réplica –para mí imprescindibles–. Y hoy puedo celebrar además que estás sana, joven y fuerte, que lloras con facilidad, que cantas y te ríes con ganas, que puedes viajar conmigo, que todavía sueñas, criticas, te ofuscas, me regañas, te emocionas y amas.

No vivimos juntas pero te veo todos los días cuando me miro al espejo. Estás presente en mis gafas, en mi expresión, en mi forma de mover las manos, de ladear la cabeza, de echarme para atrás el pelo. Te llevo en la personalidad, en la sangre y en los gestos. Estás en lo que soy y en lo que quiero ser, en mis batallas de todos los días. Y cada triunfo que celebro parece mío, pero son en realidad los tuyos.

Yo puedo decir que ‘mi madre soy yo’, porque como me dijiste una mañana hace años cuando yo buscaba el portal en el que viviste en París en los años 70, “camino por tus mismas calles, con tu misma edad y con tus mismos sueños”. Por eso todos los días no hago otra cosa que esforzarme por estar a la altura. A la altura de nuestros sueños compartidos. Y ese es mi regalo, mi mejor forma de amor y gratitud.

Así que no vuelvas a pedirme perdón por los errores, ni tampoco por lo que tú calificas como fracasos. Te aseguro que si alguna vez tengo hijos quiero equivocarme con tanto acierto como tú lo has hecho, y fallar con tanto éxito.

Cada vez que te digo adiós es una nueva cicatriz. Las lágrimas son sal que mantienen abierta una herida. Pero también cada una de esas separaciones me recuerda que nada nos une tanto a alguien como una despedida. Y quizá por eso, como con seguridad lo sientes, sigo estando ahí contigo. Si lo pensamos bien, de algún modo nunca me he ido.

Cada loco con su tema

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En nuestras ciudades colmena, grupos de seres humanos caminamos de prisa interesados –o fingiendo interés– por un determinado fragmento de nimiedades.

A mí me interesan el viaje, la literatura. Pero podría ser el diseño, la danza, el manga, los carros o la filatelia. Pero nosotros, miembros de esos grupúsculos y orgullosos de nuestra sabiduría en determinada materia, miramos como bicho raro, harina de otro costal, ignorante, desentendido o imbécil a aquel que no está al tanto de las últimas novedades de ese mundillo que para nosotros es el Mundo.

¿No sabes quién es Marta Graham? le dice con desdén la bailarina de ballet al chico que una noche en un bar no pretende otra cosa que acostarse con ella. Él a su vez no entiende cómo es que a esa chica de cuello largo y pies pequeñitos le importa un bledo que su coche sea un Aston Martin último modelo.

Ella sólo ha tenido tiempo para El lago de los Cisnes, pero él jamás ha visto un ballet clásico ni podría identificar su famosa melodía (famosa, según y para qué grupúsculo), y no ha tenido la suerte –o desdicha, según y cómo vengan dadas– de escuchar otras conversaciones en su casa, en el barrio ni entre sus amigos que traten de otra cosa que caballos de fuerza.

¿Y qué más da que ese joven no sepa quién es la bailarina americana? ¿Acaso la Graham es más importante, elixir de eterna juventud o mayor garantía de felicidad que el carro que él estrena esa noche y cree que le servirá para llevar a esa chica a la cama? No se sabe. La respuesta depende de la colmena que aborde la pregunta. Porque si algo está claro es que cada secta considera su tema el más importante, el único deporte a exportar a una isla desierta.

El intelectual dirá que evidentemente no, con la mano en la barbilla. Que más importante es, obviamente, saber de ballet que de últimos modelos. El baile es magia, sensualidad, búsqueda de la belleza –igual que la literatura, argüirá para más inri y voz más grave– mientras que los coches son lo banal, lo mundano, lo relativo a los hombres que no tienen tiempo para lo importante.

El futbolista vacila un poco. Él también ha comprado un carro nuevo la semana pasada y después de una pequeña reflexión (bastan ocho segundos) se decide por la gasolina y el cilindraje. Al fin y al cabo él no tiene intenciones de salir con bailarinas que le pregunten por cisnes y lagos. Y si acaso se topa con una lo suficientemente guapa, más bien le propondría ir a un lago con cisnes en su helicóptero y está seguro de que la chica no se resistirá.

El político se inclina por El lago, no vaya a ser que lo tilden de superficial e inculto, pecados imperdonables en las urnas. Y hasta tararea la melodía en la que el cisne está a punto de morir para que vean que sí, que domina la materia. Y no confesaría, ni bajo tortura, que la sabe sólo porque ese fin de semana ha visto una película de Hollywood que reinterpreta el clásico y es candidata a los Oscar.

El banquero, sin embargo, no se inquieta con la pregunta. Ambas cosas son igual de importantes en su mundo. Por las mañanas invierte en acciones del Martin en la Bolsa y algunas noches asiste a los estrenos de la compañía de danza que vive de su filantropía. Para eso tiene dinero, se dice. Para dar la impresión de que lo sabe todo. Y lo que no sabe lo compra o alquila a un negro para se lo diga. También para que escriba un libro sobre su esbelta figura y la combinación de sus grandes pasiones: los coches, el arte y las bailarinas.

El oficinista no tiene tiempo para eso. A él que no le vengan con preguntas tontas, que no tiene un hueco ni para comer, qué se han creído. Ballet o coches, a quién le importa. Ni dinero para lo uno ni tiempo para lo otro. Que los que puedan se inquieten con los grandes temas que él ya tiene suficiente con no ir a perder el próximo metro, llegar tarde, ver las muecas de su jefe, olerle el aliento a su compañero de cubículo, atender el teléfono con quejas que a nadie le importan, comer en su tupper a medio día, salir pitado a las 6 para no perder el metro, volver a casa para ver las muecas de su mujer porque llegó tarde, discutir con sus hijos frente al televisor que si el noticiero, el fútbol o la play, tener que levantare al día siguiente y volver a correr para no perder el metro, verle las muecas a su jefe… “¿Y a mí me van a venir con preguntas? No fastidies”.

Esa noche en el bar el joven y la bailarina han decidido pedir la siguiente copa. Ya no hablan de cisnes ni de lagos ni de cilindrajes. La música es lo bastante alta –a juego con la temperatura– como para que sea fácil empezar a hablar otro idioma. Ese que todos creen que es universal, pero qué va: es el más difícil y por eso casi todos fallamos.

Pero que el guapo y la chica de los pies pequeñitos terminen en la cama es lo de menos. Y que nosotros, bichos en nuestras colmenas, sigamos pensando que nuestro tema es el más importante, mirando por debajo de las pestañas a los que cazan pokemones o a esos que no saben que Joyce nació en Dublín, que la estampilla más escasa data del Madrid franquista o que Pelé ganó X mundiales tampoco tiene importancia. Si se acabaran los tópicos ya nos inventaríamos otros nuevos para entretener nuestras tardes de domingo y nos las arreglaríamos para que los lunes cobraran sentido.

Pero cómo negar que un poco de envidia sí que da el campesino que con su arado, bajo el halo del sol o la bruma en la luna, encuentra cada día nuevos significados a las nubes. Él sabe si mañana va a llover. Y no por eso mira a nadie por encima del hombro.

Será por eso que a mí me va el viaje, el cielo abierto, la literatura.

Curiosidad

Una de las primeras frases que aprendemos de niños es ¿por qué?”. Así comienza Alberto Manguel su Historia natural de la curiosidad, un libro fascinante que indaga sobre ese estímulo que desde el principio de los tiempos ha impulsado el conocimiento, una característica de nuestra condición racional que, de hecho, nos hace humanos.

La curiosidad es, en principio, una cualidad. Ortega y Gasset la definió como la plena vitalidad del espíritu y los griegos la entendían como un síntoma de juventud. Nos preguntamos qué hay más allá, las causas de lo que sucede, cómo funcionan las cosas. “Y nunca dejamos de hacerlo. Descubrimos muy pronto que la curiosidad pocas veces es recompensada con respuestas satisfactorias, y sentimos un deseo cada vez mayor de formular nuevas preguntas, también por el placer de dialogar con los otros”.

Todos lo hemos vivido en nuestras charlas cotidianas: ese interlocutor que levanta la voz y se siente en posesión de todas las respuestas es el que suele arruinar las buenas conversaciones, mientras que ese otro que en lugar de aseverar interpela a los demás con curiosidad genuina por conocer sus opiniones y argumentos, abre puertas al debate y lo lleva por caminos más interesantes.

La curiosidad nos viene de nuestra capacidad de imaginar. Y esto es, según explicó Darwin, un instrumento para la supervivencia: la imaginación nos permite anticiparnos a posibles escollos y peligros, con ella figuramos lo que ha sido y podría ser para luego elegir las mejores maneras de enfrentarnos al mundo: “imaginamos para existir y sentimos curiosidad para alimentar nuestro deseo imaginativo”.

Pero como bien explica Manguel, la imaginación es una actividad creativa que se desarrolla con la práctica. No a través de los éxitos, que son finales, sino a través de los intentos fallidos que requieren nuevos intentos, nuevas preguntas. Porque solo al fracasar debemos reconocer, a través de la imaginación, los errores y las incongruencias, por qué determinada combinación de palabras, colores o números no se aproxima a lo esperado. Y es así como avanzamos hacia adelante.

Pero los sistemas educativos hoy –y esta es la idea que más me gusta de las reflexiones iniciales de la Historia natural de la curiosidad– ya no alimentan el pensamiento ni la imaginación: “interesados en la eficacia material y la ganancia económica, los colegios se han convertido en campos de entrenamiento para trabajadores especializados en lugar de foros de debate y las universidades ya no son viveros para la curiosidad. Aprendemos a preguntar ¿Cuánto costará? y ¿Cuánto tardará? en lugar de ¿Por qué? Y esta última es una pregunta mucho más importante por su formulación que por sus posibles respuestas”.

Preguntar nos eleva, dice Manguel. Y yo pienso en esto mientras sigo el debate presidencial en Estados Unidos en el que una criatura que parece sacada del Frankenstein de Mary Shelley escupe una retahíla de aseveraciones sin argumento; mientras sigo el proceso de paz en Colombia cargado de uribistas y antiuribistas todos poseedores de la verdad en cada polémica; mientras leo discusiones en las redes sociales donde cada uno tiene una opinión pero muy poca curiosidad por lo que piensan los otros. ¡Ah, preguntar! ¡Ese gran privilegio! Lo sabemos por las tiranías y los inquisidores: “las afirmaciones aíslan, las preguntas, unen”. Pero ahora casi nadie pregunta y todos tienen respuestas. Por eso nos polarizamos. Por eso oímos más sermones que historias. Y estamos cada vez más lejos.

“Todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber”, dijo Aristóteles. Y el saber comienza en preguntar. Pero la curiosidad se nos ha convertido en chismorreo y voyerismo, la imaginación, en lugares comunes y posts para Facebook. Y se nos olvida que la auténtica curiosidad, la que mueve la rueda del mundo, es esa que hace que, una vez hallada una solución, formulemos de inmediato nuevos interrogantes. Por eso hay que recordar a Bergson cuando decía que perdemos el tiempo tratando de encontrar respuestas cuando de lo que se trata es de plantear mejor las preguntas.

Donde nace la ficción

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Hace ya un par de años que soy jurado de un concurso literario escolar. De Transición a Undécimo, todos los alumnos postulan una pieza que aspira a ser literatura, sea cuento, poema, carta o crónica.

Esta experiencia ha sido para mí un deslumbramiento. Al leer los cuentos grado por grado, cada narración me fue revelando cómo nace la ficción en nosotros. Al comienzo, cuando todavía somos el centro del mundo, usamos el yo protagonista. Los personajes son animales y mascotas: aparece la fábula. Los escenarios, terrenos conocidos como el parque o la casa o el territorio de los cuentos infantiles: el bosque, la lejanía y los castillos. Aparecen los primeros remakes –del Génesis, Caperucita o El soldadito de plomo– y con ellos viene el intertexto y el plagio. Aún somos capaces de hablar con los animales, de creer en las hadas y de imaginar que los juguetes cobran vida. El conflicto más recurrente es el miedo a perderse.

Pero luego empezamos a soñar con ir a la luna, como Cyrano. Asoman los héroes, los villanos y los monstruos. Descubrimos la rima, las metamorfosis y recreamos los mitos. Los personajes son los padres, los primos, los abuelos. También los primeros amigos y con ellos surge la traición y la mentira. Pero los finales todavía son siempre felices.

Al final de la primaria ya no somos el centro y otros comparten protagonismo. Empezamos a tener relación con el dinero y la ficción refleja un mundo de ricos y pobres. Las proyecciones a futuro se convierten en material literario –soñar con ser cantantes, artistas, chefs o astronautas– y también aparece el viaje –los primeros viajes– como terreno de creación y aventura. La familia es un tema recurrente y también las maquinas del tiempo y los objetos mágicos. Entonces, los conflictos se vuelven más complejos: desde perder los dientes hasta la aparición de la enfermedad y la muerte de los seres queridos. La lejanía empieza a tiene nombre propio: China, África, París, la India. Y aprendemos que desobedecer es carne de literatura: la travesura hace que lleguen a la narración los valores y las moralejas.

Los cuentos del comienzo del bachillerato revelan las preocupaciones de la preadolescencia: padres ausentes, divorcios y orfandades, incluso la conciencia del mundo y el deseo de salvarlo como los superhéroes. El diario y la carta comienzan a explorarse como formatos. Aparecen el esnobismo y el vocabulario impostado, y aprendemos que el recurso de “todo era un sueño” es poco eficaz pero socorrido. El colegio es el principal escenario. Hay cada vez menos princesas y más extraterrestres. La realidad y lo paranormal le ganan terreno a la ficción y a la fantasía.

Pero de los 13 a los 18, la adolescencia impone sus temas: los primeros amores y desamores, los sueños de fama e independencia, la vanidad y el descubrimiento del cuerpo como material de escritura: la delgadez, la deformidad o la gordura. La naturaleza ayuda a crear conflicto con tornados, terremotos y tsumanis. Y hay accidentes, peleas pasionales, celos y asesinatos; suicidio, ansiedad, depresión, psicólogos, quiebras económicas, drogas y algún embarazo no deseado. Aparece el castigo, el rechazo, la máscara, la anorexia, la impostura. Se sueña con el amor ideal. Comenzamos a documentar la realidad para luego ficcionarla y a citar a otros. Y asoman también la moralina, el cliché y la cursilería. Ya entonces sabemos que la literatura se hace con la tristeza y el miedo, con la angustia y la experiencia. La autoficción cobra fuerza. El mundo se vuelve cruel, la sociedad, despiadada, empezamos a añorar la vida fácil de la infancia y tememos a la muerte. Y ahí comienza la búsqueda.

Leer estos cuentos me ha hecho volver a pensar en la importancia de la ficción. La capacidad de fabular es uno de los primeros y principales mecanismos que utilizamos para aprehender el mundo. La vida sucede a modo de drama y por eso solo puede ser comprendida como un relato. Las pasiones, los sufrimientos, la imaginación, el placer o el dolor solo podemos explicarlos a través de esa cosa fantástica llamada literatura. En ella nos reconocemos para comprendernos. Y como todo arte, nos revela ciertos aspectos de la realidad –los más profundos– a los que nunca podremos acceder por otros caminos. ¿Leer y escribir para qué? Pues eso.

Querido Pedro,

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Hace ya casi un mes, te subiste en un avión para emprender tu primer gran viaje. Y en esas primeras horas tras la partida sentirse, por primera vez, la angustia que producen las despedidas, ese nudo en el estómago que marea, que hace que, al comienzo, todos nos arrepintamos por un momento de la idea de irnos.

Pero una vez superado el despegue comenzaste a imaginar lo que ibas a encontrar a tu llegada. Y así será siempre cuando viajes de ahora en adelante, porque un viaje no empieza nunca en la fecha de salida sino antes, en la imaginación de sus protagonistas.

Muchas horas de vuelo después –que te sirvieron para conocer el aburrimiento que suponen las esperas– aterrizaste y empezaron los choques y contrastes: no vendían allí casi nada de lo que acostumbras comer, no todos entendían tu idioma, la temperatura te incomodaba, incluso descubriste que el sol puede ponerse a horas muy distintas. Al principio te molestó, pero luego disfrutaste con tanta novedad y entendiste, igual que hace tantos siglos Descartes, que por distintos que sean los otros, no por eso son bárbaros, sino también hijos de la razón.

Con los días, empezaste a ver la importancia de tus compañeros de viaje. Aprendiste a leer emociones en los pequeños gestos y notaste que nada une o separa tanto como viajar con alguien: ellos revelan los matices y son casi siempre un modo de descubrir diferencias irreconciliables o afinidades para toda la vida. Así supiste además que cada viaje tiene sus historias secretas, sus chistes internos, memorias que solo entienden quienes lo comparten.

Conociste los souvenirs, pero rápidamente comprendiste que los recuerdos solo existen en la memoria y no manera de materializarlos. Y como todo viajero, escribiste a los tuyos para contarles lo que vivías, pero te diste cuenta de que las fotos nunca consiguen reflejar el espíritu de los lugares, y que las palabras siempre son insuficientes para comunicar las vivencias.

Después de mucho caminar, caminar y caminar, comprendiste que es mejor ver poco, sin prisa, que mucho con afán. Y que los mejores destinos son aquellos en los que conoces gente local que te abre las puertas de su casa y te permite, por un momento, vivir como ellos: comer su comida, dormir en casas como las suyas, conocer sus costumbres y celebrar sus fiestas. El mejor lugar es siempre aquel donde hacemos nuevos amigos.

Entendiste que por más que planees, la trama siempre es distinta a la que tenemos prevista, pero que por lo general vale la pena la sorpresa. Aprendiste también a estar de paso. Y a esperar: viajar es una especie de antesala permanente, siempre preámbulo de lo que sigue. En esa espera descubriste que uno también se aburre: el viaje es la gran metáfora de la existencia y, como la vida, está hecho de picos y valles.

Aprendiste que un sabor amargo se convierte en un recuerdo dulce. Entendiste la importancia de viajar ligero de equipaje y, al comparar lo exótico con lo conocido, supiste que irse lejos es un modo de mirarnos de cerca. Y ya tendrás oportunidad de decepcionarte cuando al volver nadie ponga el suficiente interés al escuchar tus anécdotas.

El viaje no es, como suele decirse, movimiento, sino sobre todo una sensación. Es algo que se siente de golpe, como una punzada adentro. Saint-Exupéry lo experimentó en el Sahara, en la quietud del silencio y la noche. Kapuscinski, al cruzar la frontera polaca. Noteeboom, en un hotel mugriento en Mauritania.

Yo sé que sentiste el viaje al despedirnos, cuando me soltaste la mano para montarte en un avión, solo, con siete años y los ojos aguados, para describir por primera vez lo que significan la partida y el regreso; la soledad, la melancolía y la nostalgia.

Un buen amigo me contó que cuando era niño, antes de comenzar su primera travesía en barco entre España y América, su padre le dijo: “hay que aprender a irse”. Nos pasamos la vida despidiéndonos, y nada nos une tanto a alguien como un viaje o una despedida. Por eso, mientras más temprano aprendamos a amarrar el corazón cuando decimos adiós, el viaje de la vida será mucho más sencillo y que aunque ahora nos suene a lugar común, no hay llegada, lo que importa es el camino.

La guerra contra las drogas, por un nuevo ABC

¿Sabía usted que, en Portugal, se despenalizaron todas las drogas hace 14 años y, desde entonces, las cifras de adicción, sobredosis y el uso de drogas inyectadas disminuyó un 50%?

¿Sabe que Colorado legalizó la marihuana hace dos años y, desde entonces, nadie ha ido a la cárcel por posesión de cannabis, 125 mil millones de dólares de impuestos han ido a construir colegios y se ha reducido un 32% el contrabando de esta droga por los carteles mexicanos?

¿Sabe que Suiza legalizó la heroína hace diez años y, desde entonces, nadie ha muerto por sobredosis de heroína legal; no se ha registrado ningún asesinato perpetrado por traficantes y se ha reducido en 80% el crimen en las calles? En EE.UU mueren 23 personas cada día por sobredosis.

¿Sabe que el porcentaje de gente que usa drogas sin convertirse en adicto, sin enfermarse y sin incurrir en sobredosis es cercano al 90%?

¿Sabe que un estudio sobre las muertes violentas relacionadas con la droga en Nueva York concluyó que sólo el 2% fueron adictos robando para conseguir la sustancia, 7.5% personas bajo los efectos de las drogas y el resto –la gran mayoría– involucraban mafias y pandillas matándose entre sí por mantener el control del negocio?

¿Sabe que la campaña de Washington para la legalización sostenía que las drogas debían ser legalizadas no porque fueran seguras sino precisamente porque son peligrosas y es necesario sacarlas de las manos de los carteles para venderlas en comercios autorizados y utilizar el dinero en programas de prevención y tratamiento?

¿Sabe que hay estudios que demuestran que un hombre tiene ocho veces más inclinación a golpear a su pareja bajo los efectos del alcohol que de los de cualquier otra sustancia?

¿Sabe que los enganches químicos son un factor menor en la adicción? El aislamiento, los traumas y la falta de perspectivas de futuro son factores mucho más determinantes, que de hecho potencia la guerra contra las drogas.

¿Sabe que, entre sustancias duras y blandas, es más probable que la gente prefiera las blandas? Pasó en Estados Unidos durante la prohibición del alcohol: la cerveza era muy difícil de transportar para los traficantes, que preferían mover aguardientes destilados en formatos más transportables y con efectos embriagantes más rápidos. Pero una vez terminada la Ley Seca, la cerveza volvió a ser la bebida alcohólica preferida de los norteamericanos.

¿Sabe que, de hecho, buena parte de las campañas exitosas en la reforma de la política antidrogas tienen de por medio mensajes conservadores como la restauración del orden público, el colapso económico de los criminales y la protección de los niños?

¿Sabe que la droga recreativa más peligrosa es legal desde hace décadas? El alcohol, está comprobado, es más peligroso que la heroína o la coca. Mata 3.3 millones de personas al año, una cada 10 segundos.

¿Sabe que, entre las ventajas de legalización, está la ruina de los carteles sanguinarios, la desaparición de la cultura del terror que impera en barrios desde Brooklyn hasta Ciudad Juárez o Medellín, la disminución drástica del número de homicidios, que la policía podría dedicar más tiempo a investigar otros delitos –y de paso recuperar la confianza en los barrios– y que los jóvenes tendrían muchas más dificultades para acceder a estas sustancias? También descenderían las muertes por sobredosis y el índice de VIH, como sucedió en Suiza, Holanda y Vancouver. Las drogas que se consumirían serían, de hecho, más suaves que las actuales y habrían más fondos para el tratamiento y reinserción de adictos a la sociedad y al mercado laboral, como ha sucedido en Portugal.

Estos y muchos más argumentos aparecen en Tras el grito, del periodista británico Johan Hari. Y en una ciudad como Medellín, epicentro y cambio de batalla de esta guerra perdida y en la que hemos puesto tantos muertos, deberíamos empezar a pensar en todo esto, en un nuevo enfoque. Este es un libro que es urgente que todos leamos. De hecho, desde que lo leí, lo que quiero es regalárselo al alcalde.

Publicado en el periódico El Mundo.

Escribir, para qué

Me decía el otro día un amigo periodista que estaba cansado de escribir en el periódico. Tiene una columna semanal y conversábamos sobre lo mucho que cuesta elegir el tema, encontrar un enfoque original y afinar las teclas que emocionen y activen la memoria, la imaginación y el pensamiento crítico de los lectores, ya de por sí saturados con demasiados artículos, posts, tweets y comentarios en las redes sociales. Me decía mi amigo que a veces hasta se plantea dejar el periodismo, por puro cansancio de hablar de lo mismo que habla todo el mundo todo el tiempo, devaneos tantas veces inútiles y sin importancia cuando ahí afuera, en este mundo tan jodido, pasan tantas cosas tremendas.

Como él, todos los que tenemos una tribuna pública nos hemos preguntado más de una vez el por qué de estos espacios, en los que hay un poco de todo y mucho de nada. Demasiadas babitas, como me gusta decir a mí, empezando por las mías. Pero yo, cada vez que tengo dudas, sé que debo volver a los clásicos. Uno relee a los maestros del oficio –a Capote, a García Márquez, a Kapuscinski, a Tomás Eloy– y se acuerda de que escribir es tener la suerte de ser testigo del presente y poder entrevistarlo de primera mano. También de la importancia de contar historias, del deber de interrogar la realidad para encontrarle sentido, de la responsabilidad de contar bien el cuento de lo contemporáneo para que el tiempo no borre los matices, de encontrar la historia de ese hombre que, como decían Borges y Hegel, puede ser la historia de todos los hombres.

Esta semana, en una de esas relecturas, encontré un texto que viene a cuento de esas dudas de mi amigo, mías, de tantos. Se trata de la «Carta al General X», que escribió en julio de 1943 el piloto y escritor francés Antoine de Saint-Exupéry, el día que se embarcó en un convoy americano con destino a África del Norte, en una escuadrilla de las tropas aliadas en plena batalla contra el nazismo. Y hoy quiero compartir aquí un trozo de ese texto no a modo de respuesta, sino más bien como látigo no sólo para quienes escribimos sino para todos esos que dicen que quieren escribir, para que al sentarnos frente a la página en blanco no nos abandone esa duda del por qué y para qué de esa escritura. Porque esa duda es, en realidad, muy positiva: si no nos abandona, eso significa que no escribimos por vanidad, sino pensando en los otros. Porque está claro que un texto tiene el poder de cambiar la vida de un lector, incluso de cambiar muchas cosas allá afuera, en este mundo tan jodido en el que pasan y seguirán pasando cosas. Aquí el texto del francés:

“Es imprescindible hablar a los hombres (…) Qué bien se portan, qué tranquilos están estos hombres agrupados (…) Al hombre de hoy se le mantiene tranquilo dentro de su ambiente, con un juego de pelota o con el bridge. Estamos castrados de una forma muy curiosa. Parece que por fin somos libres. Pero nos han cortado los brazos y las piernas y después nos han concedido la libertad para marcharnos. Yo odio esta época en la que, bajo el totalitarismo universal, el hombre se convierte en ganado afable, educado y tranquilo. ¡Y nos venden eso como progreso moral! (…) ¿A dónde vamos nosotros en esta época de funcionariado universal? Hombre robot, hombre termita, hombre que oscila entre el trabajo en cadena y el juego de naipes; hombre castrado de todo su poder creador y que ni siquiera sabe crear, desde lo hondo de su aldea, ni una danza ni una canción; hombre al que se alimenta con una cultura estándar, como se alimenta a los bueyes con heno. Eso es el hombre de hoy (…) y cuando se haya ganado la guerra, se planteará el problema fundamental, el de nuestro tiempo: el del sentido del hombre, y no existe una respuesta preparada, y yo tengo la impresión de estar acercándome a la más sombría época de la historia del mundo (…) por eso, si salgo con vida de este trabajo necesario e ingrato, sólo tendré un problema, ¿qué se puede, qué se debe decir a los hombres?”

Nuestro deber es seguirnos haciendo esa pregunta todo el tiempo.

La vaca y el elefante. Dos imágenes.

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La India. 42 grados a la sombra y es una mañana como cualquier otra en la que cientos de ojos, brazos, piernas, carros, motos, taxis, camellos, vacas, monos y bicicletas cruzan al mismo tiempo una de las avenidas más concurridas de Jaipur. De golpe, Mohamed frena su rickshaw, su mototaxi. Y nada se altera, sin embargo. Allí funciona un orden invisible que a nosotros los occidentales, criados en la doctrina de los semáforos y los pasos de cebra, se nos escapa. Como la neolengua de Orwell, en la India el caos es el orden, y el orden, el caos.

Mohamed frena para llamarme, pero yo no oigo nada. Es imposible cuando suenan al unísono los pitos de miles de vehículos, el hit del último taquillazo de Bollywood y las voces de una multitud que cuando no grita chasquea, escupe y canta. Yo estoy en la acera cuando se me acerca el conductor, que me ve la cara de turista, se hace el simpático y se ofrece a llevarme a un parque ecológico. Y yo caigo en la trampa. Son cerca de veinte minutos de recorrido hasta llegar al elefante más triste que veré en mi vida. El pobre animal comparte un pequeño jardín –como un patio de recreo de colegio– con otros tres paquidermos enfermos, de mirada triste y piel ya sin pigmento por el manoseo constante de los turistas. El folleto que me ha dado Mohamed está a la altura de Disney. Pero yo tardo poco en darme cuenta de mi ingenuidad. Allí sólo hay un señor gordo, tres amigos del gordo y un supuesto cuidador que, en lugar de velar por los animales, se esfuerza para que los visitantes nos hagamos la foto perfecta: el tipo levanta las orejas agujereadas del elefante para que entren en el encuadre, pone la mano de los turistas –mi mano– en lo que queda del colmillo amputado de marfil y me da un puñado de hierba para que lo alimente. Cuando me ofrece unos tarros de pintura para que pintorree al elefante, pienso que ya es demasiado. Me hago la foto por pura compasión. No con el animal, con el que me avergüenzo, sino con ese cuidador que solo está ahí por una propina y en realidad no sabe lo que hace. “Los turistas quieren exotismo”, me dice Mohamed cuando le reclamo. Y pienso que sí, que la culpa es mía, es nuestra. Ese pequeño jardín con elefantes tristes no existiría si yo, esa mañana, no hubiera aceptado visitarlo.

 

II.

 

Una vaca come de la mano de una mujer que ha comprado una bolsa de semillas en el mercado callejero de Jaipur. La vaca abre la boca, saca la lengua y se traga todo, bolsa incluida. Mientras come, la vaca caga unas semillitas iguales a las que le ha dado la mujer hace un momento.

El Rajastán, región noroccidental de la India, es un enorme potrero asfaltado en el que intentan pastar millones de vacas. Pero como no hay pasto, se alimentan de la generosidad de miles de fieles que las tienen por diosas, por madres. Porque los hindúes dan de comer a esas vacas que están en todas partes por la misma razón que un cristiano prende una vela en una iglesia: los dos están seguros de que la vaca, y la vela, pueden hacer milagros.

Meena, mi conductor durante el viaje, tiene una vaca en su casa. Pero no como mascota, como quien tiene un perro, sino como quien tiene un carro de lujo o un apartamento en la playa: el estatus social empieza no en tenerlos, que ya es caro, sino en demostrar que uno es capaz de sufragar los gastos derivados.

Hay doscientos millones de vacas en la India. Vacas que no se ordeñan ni se sacrifican porque allí nadie come carne de res. Las vacas caminan parsimoniosas y en sus ojos se refleja el tiempo que pasa.

Oí a un amigo decir que todos los problemas en la India comienzan en las vacas: la vaca caga, entonces llegan las moscas. Una vez hay popó en todas partes a nadie le importa tirar basura a ese suelo que ya está sucio. Los desechos estancan los desagües y con ellos llegan los bichos que transmiten enfermedades, se contamina el agua. Y toda esa cadena de suciedad es imposible de romper mientras esas vacas, sagradas todas ellas, sigan cagando por todas partes solo porque alguien cree que pueden hacer milagros.

Publicado en el periódico El Mundo.

 

Irse

Irse, siempre el viaje.

Irse es querer partir. Pocos lo saben, pero como dice Ismael en Moby Dick, casi todos los hombres, sea cual sea nuestra condición, albergamos en algún momento el deseo de “hacernos a la mar”. O en palabras de Hans Christian Andersen, el punzante comezón de querer largarnos. De hecho, según Pascal, esa incapacidad del ser humano de permanecer en reposo en una habitación es la causa de las desgracias del mundo. Bruce Chatwin, en Los trazos de la canción, se pregunta si esa necesidad de movernos nace de un impulso migratorio instintivo, como el que tienen las aves en otoño. También lo dice Percy Adams: “Quizá la naturaleza del hombre, de todas las naciones, sea estar inquieto, errar”.

Uno quiere irse porque piensa que lejos estará mejor, porque detesta su vida desordenada o perfectamente en orden; porque necesita el movimiento y la distancia, por curiosidad, placer, anhelo de prestancia o por la tentación de lo desconocido. Hay quienes solo quieren un cambio de ambiente y otros ponen todas sus esperanzas en esos nuevos aires. Se trata de un deseo casi patológico de comenzar, una y otra vez, con la página en blanco. Pero quienes lo hacen no saben que esa es, como dijo Nabokov, la falacia tradicional de los corazones condenados: “donde va el buey que no are”, que reza el dicho paisa.

Irse es despedirse y saludar a la vuelta. Irse también es volver –aunque uno aprende, con el tiempo, que no existen los regresos–. Irse es, por un momento, pararse en esa línea invisible del camino que obliga a mirar adelante y hacia atrás. Hacer balance.

Irse es empacar las maletas. Nuestro equipaje –su peso, su contenido– nos define mejor que nuestra lista de películas favoritas, que las playlists en Spotify o los libros que están o no en nuestra biblioteca. Las maletas son biografía, ficción, autoficción, diario, literatura. Son un territorio autobiográfico, psicológico y hasta metafísico. Uno siempre se olvida de algo necesario. Y en el viaje se da cuenta que ahí están, ocupando sitio, un montón de cosas que no son importantes. Irse son los recuerdos que uno mete en la mochila pero también todo eso que deja, pero no olvida; irse es lo que pesa en el corazón, los remordimientos, las renuncias. “¿Qué se lleva uno cuando sabe que no va a volver?” me acuerdo que se preguntaba un personaje de Kureishi en un libro que leí hace años.

Irse es intentar escapar, cumplir un sueño, pagar una promesa, querer probar un nuevo plato, conocer o reconocer un paisaje, intentar reinventarse. Es anhelar el silencio y la soledad, dejar de escuchar un ruido cotidiano o querer encontrar otras voces, compañías, nuevos ámbitos. Irse es ser feliz en la antesala y el tránsito, y a veces también al regreso. Irse es buscar. ¿Buscar qué? Uno a veces se conformaría sólo con saber lo que está buscando.

Pero irse es, al mismo tiempo, no querer marcharse. Es comprender la fuerza de los lazos que uno teje cuando en un abrazo de despedida caen las lágrimas. Es reprocharse los planes que quedaron pendientes y repasar las rutinas que ya no serán más. Irse es pensar en las cosas que uno podría haber hecho mejor; es, casi siempre, invocar la máquina del tiempo no para ir al futuro sino para devolver el reloj y poder evitar los errores, los desvíos; para trazar nuevamente el mapa.

Irse es inscribirse voluntariamente en la batalla de la soledad y la nostalgia. Es descartar el domicilio fijo, una vida al uso; es comprender que uno ya no volverá a sentirse en casa en un sólo sitio. Irse es el dolor de las separaciones, el desarraigo. Es tener que cargar con el hogar a la espalda, o levantar una y otra vez la casa en distintos lugares. Con lo que eso cansa…

Irse es una promesa, pero también una derrota. Porque irse es renunciar, posponer, alejarse. Irse es, a veces, ser valiente, pero muchas más, cobarde.

A ver si la pregunta no era “ser o no ser”, sino irse o quedarse. 

Tres gracias

De pequeña me enseñaron a rezar. A rezar, a agradecer y a pedir. Iba a misa en el colegio, también a procesiones en Semana Santa y me fascinaban la bendición del Agua y el Fuego y el Sermón de las siete palabras. Llegué a tener estampitas en la billetera, aunque creo que nunca caí en la moda de colgarme santos al cuello, ni en camándula ni en escapulario. Por tradición familiar, he rezado la Novena de Navidad, y me acuerdo de los ‘Mil Jesuses’ y el altar de la Santa Cruz cada 3 de mayo. Pero entre las múltiples formas de oración que aprendí de niña había una muy particular: pedir tres gracias –tres deseos– al entrar por primera vez en una iglesia que antes no conocía (una especie de lámpara de Aladino a la católica). 

Mi relación con la religión ha cambiado de forma radical desde que me enseñaron todo aquello. No solo he dejado de creer en tal cosa como un dios o cualquier santoral, sino que considero que creer se opone a dos de nuestras mejores cualidades humanas: el pensamiento y la razón. Ahora defiendo la laicidad como una de las más importantes consignas democráticas y condeno todo tipo de reivindicación de los creyentes a sentirse ofendidos. Cualquier cosa que abra la puerta al fanatismo religioso –un fascismo como cualquier otro– impide la plena libertad de conciencia y vivir en paz; sin miedo ni culpa, lo peor de los lastres cristianos. 

Pero a pensar de mi discurso laico, todavía conservo esa costumbre de los tres deseos cuando entro, en mis viajes, en alguna iglesia desconocida. Ya no se trata de una oración, sino de una forma de diálogo conmigo. Ahora que empieza la Semana Santa, me he acordado de esto y caigo en cuenta de que siempre, de algún modo, he pedido lo mismo. Con matices, pero lo mismo, desde que era una niña. 

El proceso no ha cambiado tampoco. Entro en silencio. Camino un rato despacio por los pasillos. Me siento en alguno de los bancos de la iglesia o catedral. A veces, incluso me arrodillo. Y como se supone que son sólo tres deseos, elijo con mucho cuidado lo que pido. 

Esto que antes era una oración se ha convertido en un método para calibrar mis anhelos, de saber lo que en realidad me importa. Toda oración lo es, de hecho. ¿Qué es lo que deseo? ¿Por qué lo pido? Lo importante es que también me pregunto por lo que hago para conseguirlo. Esas tres gracias también son una metáfora del miedo: por todo eso que en ese instante recuerdo que temo tanto que pase. Y es un recordatorio de mis carencias, de lo que sé que me falta. Asimismo, es un instante de gratitud: ahí, en silencio, me acuerdo de lo que tengo. Doy gracias a la vida que me ha dado tanto, como dice esa canción que siempre me recuerda a mi madre, y a veces hasta se convierte en un acto de generosidad porque ‘regalo’ alguna de esas tres gracias pensando en el bienestar de algún ser querido.

Aunque ahora pueda ignorar que se trataba de algo religioso, sí reconozco en ello un momento espiritual. Hace ya tiempo que sé que las experiencias místicas suceden, por lo general, lejos de los templos, y que los instantes reveladores se pueden encontrar en el bosque, buceando a 30 metros de profundidad, corriendo maratones, haciendo yoga, escribiendo en una libreta o intentando conquistar cualquier montaña. Yo lo encuentro en todo eso, que se resume en una palabra: el viaje. Cuando lejos y en soledad, puedo en realidad mirarme de cerca. Adentro. Y entonces comprendo que eso es para mí lo más cercano a la religiosidad: esos instantes en los que el alma habla más fuerte que el cuerpo. Cuando en ese diálogo que sucede en mi cabeza, no me engaño.

*Publicado en el periódico El Mundo. Marzo 24 de 2016.

Adicción

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"¿Qué es lo que causa la adicción, por ejemplo, a la heroína? Usted está seguro de la respuesta: la sustancia química. Si uno consume heroína 20 días, al día 21 el cuerpo le pedirá un chute a causa de los “ganchos” químicos. Pero mire esto: si alguien se rompe la cadera o le implantan una prótesis de rodilla, en el hospital le darán altas dosis de diamorfina durante semanas o meses. Y la diamorfina es heroína. De hecho, más fuerte que la que se consigue en la calle porque no está contaminada por todo lo que los traficantes usan para rendirla.

Si nos atenemos a lo que creemos saber sobre la droga, esos operados de un hueso roto deberían volverse adictos a la heroína tras salir del hospital. Pero como usted mismo habrá comprobado, no sucede así. ¿Entonces?

Pasa que casi todo lo que creemos saber sobre la adicción es incorrecto, producto de un experimento de comienzos del siglo XX que consistió en poner a una rata en una jaula con dos botellas, una con agua limpia y otra con agua con cocaína o heroína. En todos los casos, las ratas se obsesionaban con el agua con droga, y volvían una y otra vez a ella hasta caer muertas.

Pero en 1970, Bruce Alexander, un profesor canadiense de psicología, decidió repetir el experimento pero con una modificación: en lugar de poner a la rata sola en una jaula, la puso en un pequeño paraíso llamado Rat Park en el que, además del agua limpia y el agua con droga, había ruedas, pelotas, túneles para correr, amigos con los que jugar y otras ratas con las que tener sexo y entablar relaciones.

Y aquí viene la revelación: en el Rat Park, las ratas casi nunca tomaban el agua con drogas. Ninguna de forma compulsiva. Ninguna caía por sobredosis. En la jaula en la que está sola, la rata no tiene otra opción que drogarse. Pero en la otra...

Existe una experiencia humana similar. En Vietnam, casi el 20% de los soldados tomaban heroína durante la guerra. La gente pensaba que una vez regresaran, habría de vuelta un montón de yonquis. Pero los estudios que supervisaron a los militares tras el regreso, encontraron que ninguno tuvo que ir a rehabilitación, ni siquiera sufrieron síntomas de abstinencia: 95% de ellos dejó de consumir una vez estuvo en casa.

Así, si uno cree en la vieja teoría de la adicción que asegura que es la sustancia química la que nos hace adictos, ni esto ni lo que vio el profesor Alexander tendría sentido.

No se trata de los químicos, sino de nuestras jaulas. Por eso hay que pensar en la adicción de una forma distinta. Las personas necesitamos crear lazos con otros. Y cuando estamos felices y saludables, lo hacemos con facilidad. Pero cuando no podemos –por traumas, aislamiento o alguna derrota vital– formamos esos lazos no con personas sino con algo que nos da sensación de alivio. Algunos los tejen con el juego, otros con la pornografía, las drogas, el alcohol, los videojuegos, las redes sociales o la comida.

La adicción es un síntoma de la desconexión que ocurre a nuestro alrededor. Y de ahí que la única forma de deshacer esos lazos no saludables sea formar entornos satisfactorios.

La guerra contra las drogas ha fracasado rotundamente. En lugar de sacar esas sustancias de circulación y ayudar a la gente a reparar sus vidas, ha fortalecido a los traficantes, propicia millones de muertes, crímenes cada vez más atroces, y lo peor: ha aislado a los adictos: los ha puesto en la cárcel o en la marginalidad y nos ha hecho apartarlos de nuestras familias. Los ha tratado como criminales. A todos esos que no están bien, los ponemos en una situación muchísimo peor, haciendo que se odien más a sí mismos y sus circunstancias. Les hacemos más difícil conseguir un trabajo y una vida estable. Los ponemos, de vuelta, en la jaula vacía de las ratas. Hablamos de la recuperación individual de los adictos, pero se necesita es una recuperación social: construir un mundo que se parezca más al Rat Park y menos a las jaulas aisladas”.

“Porque lo opuesto a la adicción no es la sobriedad, es la conexión, la relación con los demás. Y porque si una persona está sola no tiene ninguna oportunidad de recuperarse”, escribe Johann Hari. Ni ellos, ni la sociedad tampoco".

—Este texto parte del capítulo 13 del libro Tras el grito, del periodista británico Johann Hari (un libro que debería ser de obligatoria lectura), y del magnífico resumen que hace del mismo el equipo de Kurzgesagt en http://bit.ly/1PWlng6. Todas las ideas son suyas. Y yo suscribo cada una. Por eso he usado mi columna en El Mundo para compartir este material. Considero que difundir esta idea es vital para todos como sociedad. Todo esfuerzo es poco hasta que llegue la despenalización, la legalización, la inversión del dinero de la guerra contra las drogas en otros asuntos infinitamente más importantes.