Johann Hari

La guerra contra las drogas, por un nuevo ABC

¿Sabía usted que, en Portugal, se despenalizaron todas las drogas hace 14 años y, desde entonces, las cifras de adicción, sobredosis y el uso de drogas inyectadas disminuyó un 50%?

¿Sabe que Colorado legalizó la marihuana hace dos años y, desde entonces, nadie ha ido a la cárcel por posesión de cannabis, 125 mil millones de dólares de impuestos han ido a construir colegios y se ha reducido un 32% el contrabando de esta droga por los carteles mexicanos?

¿Sabe que Suiza legalizó la heroína hace diez años y, desde entonces, nadie ha muerto por sobredosis de heroína legal; no se ha registrado ningún asesinato perpetrado por traficantes y se ha reducido en 80% el crimen en las calles? En EE.UU mueren 23 personas cada día por sobredosis.

¿Sabe que el porcentaje de gente que usa drogas sin convertirse en adicto, sin enfermarse y sin incurrir en sobredosis es cercano al 90%?

¿Sabe que un estudio sobre las muertes violentas relacionadas con la droga en Nueva York concluyó que sólo el 2% fueron adictos robando para conseguir la sustancia, 7.5% personas bajo los efectos de las drogas y el resto –la gran mayoría– involucraban mafias y pandillas matándose entre sí por mantener el control del negocio?

¿Sabe que la campaña de Washington para la legalización sostenía que las drogas debían ser legalizadas no porque fueran seguras sino precisamente porque son peligrosas y es necesario sacarlas de las manos de los carteles para venderlas en comercios autorizados y utilizar el dinero en programas de prevención y tratamiento?

¿Sabe que hay estudios que demuestran que un hombre tiene ocho veces más inclinación a golpear a su pareja bajo los efectos del alcohol que de los de cualquier otra sustancia?

¿Sabe que los enganches químicos son un factor menor en la adicción? El aislamiento, los traumas y la falta de perspectivas de futuro son factores mucho más determinantes, que de hecho potencia la guerra contra las drogas.

¿Sabe que, entre sustancias duras y blandas, es más probable que la gente prefiera las blandas? Pasó en Estados Unidos durante la prohibición del alcohol: la cerveza era muy difícil de transportar para los traficantes, que preferían mover aguardientes destilados en formatos más transportables y con efectos embriagantes más rápidos. Pero una vez terminada la Ley Seca, la cerveza volvió a ser la bebida alcohólica preferida de los norteamericanos.

¿Sabe que, de hecho, buena parte de las campañas exitosas en la reforma de la política antidrogas tienen de por medio mensajes conservadores como la restauración del orden público, el colapso económico de los criminales y la protección de los niños?

¿Sabe que la droga recreativa más peligrosa es legal desde hace décadas? El alcohol, está comprobado, es más peligroso que la heroína o la coca. Mata 3.3 millones de personas al año, una cada 10 segundos.

¿Sabe que, entre las ventajas de legalización, está la ruina de los carteles sanguinarios, la desaparición de la cultura del terror que impera en barrios desde Brooklyn hasta Ciudad Juárez o Medellín, la disminución drástica del número de homicidios, que la policía podría dedicar más tiempo a investigar otros delitos –y de paso recuperar la confianza en los barrios– y que los jóvenes tendrían muchas más dificultades para acceder a estas sustancias? También descenderían las muertes por sobredosis y el índice de VIH, como sucedió en Suiza, Holanda y Vancouver. Las drogas que se consumirían serían, de hecho, más suaves que las actuales y habrían más fondos para el tratamiento y reinserción de adictos a la sociedad y al mercado laboral, como ha sucedido en Portugal.

Estos y muchos más argumentos aparecen en Tras el grito, del periodista británico Johan Hari. Y en una ciudad como Medellín, epicentro y cambio de batalla de esta guerra perdida y en la que hemos puesto tantos muertos, deberíamos empezar a pensar en todo esto, en un nuevo enfoque. Este es un libro que es urgente que todos leamos. De hecho, desde que lo leí, lo que quiero es regalárselo al alcalde.

Publicado en el periódico El Mundo.

Adicción

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"¿Qué es lo que causa la adicción, por ejemplo, a la heroína? Usted está seguro de la respuesta: la sustancia química. Si uno consume heroína 20 días, al día 21 el cuerpo le pedirá un chute a causa de los “ganchos” químicos. Pero mire esto: si alguien se rompe la cadera o le implantan una prótesis de rodilla, en el hospital le darán altas dosis de diamorfina durante semanas o meses. Y la diamorfina es heroína. De hecho, más fuerte que la que se consigue en la calle porque no está contaminada por todo lo que los traficantes usan para rendirla.

Si nos atenemos a lo que creemos saber sobre la droga, esos operados de un hueso roto deberían volverse adictos a la heroína tras salir del hospital. Pero como usted mismo habrá comprobado, no sucede así. ¿Entonces?

Pasa que casi todo lo que creemos saber sobre la adicción es incorrecto, producto de un experimento de comienzos del siglo XX que consistió en poner a una rata en una jaula con dos botellas, una con agua limpia y otra con agua con cocaína o heroína. En todos los casos, las ratas se obsesionaban con el agua con droga, y volvían una y otra vez a ella hasta caer muertas.

Pero en 1970, Bruce Alexander, un profesor canadiense de psicología, decidió repetir el experimento pero con una modificación: en lugar de poner a la rata sola en una jaula, la puso en un pequeño paraíso llamado Rat Park en el que, además del agua limpia y el agua con droga, había ruedas, pelotas, túneles para correr, amigos con los que jugar y otras ratas con las que tener sexo y entablar relaciones.

Y aquí viene la revelación: en el Rat Park, las ratas casi nunca tomaban el agua con drogas. Ninguna de forma compulsiva. Ninguna caía por sobredosis. En la jaula en la que está sola, la rata no tiene otra opción que drogarse. Pero en la otra...

Existe una experiencia humana similar. En Vietnam, casi el 20% de los soldados tomaban heroína durante la guerra. La gente pensaba que una vez regresaran, habría de vuelta un montón de yonquis. Pero los estudios que supervisaron a los militares tras el regreso, encontraron que ninguno tuvo que ir a rehabilitación, ni siquiera sufrieron síntomas de abstinencia: 95% de ellos dejó de consumir una vez estuvo en casa.

Así, si uno cree en la vieja teoría de la adicción que asegura que es la sustancia química la que nos hace adictos, ni esto ni lo que vio el profesor Alexander tendría sentido.

No se trata de los químicos, sino de nuestras jaulas. Por eso hay que pensar en la adicción de una forma distinta. Las personas necesitamos crear lazos con otros. Y cuando estamos felices y saludables, lo hacemos con facilidad. Pero cuando no podemos –por traumas, aislamiento o alguna derrota vital– formamos esos lazos no con personas sino con algo que nos da sensación de alivio. Algunos los tejen con el juego, otros con la pornografía, las drogas, el alcohol, los videojuegos, las redes sociales o la comida.

La adicción es un síntoma de la desconexión que ocurre a nuestro alrededor. Y de ahí que la única forma de deshacer esos lazos no saludables sea formar entornos satisfactorios.

La guerra contra las drogas ha fracasado rotundamente. En lugar de sacar esas sustancias de circulación y ayudar a la gente a reparar sus vidas, ha fortalecido a los traficantes, propicia millones de muertes, crímenes cada vez más atroces, y lo peor: ha aislado a los adictos: los ha puesto en la cárcel o en la marginalidad y nos ha hecho apartarlos de nuestras familias. Los ha tratado como criminales. A todos esos que no están bien, los ponemos en una situación muchísimo peor, haciendo que se odien más a sí mismos y sus circunstancias. Les hacemos más difícil conseguir un trabajo y una vida estable. Los ponemos, de vuelta, en la jaula vacía de las ratas. Hablamos de la recuperación individual de los adictos, pero se necesita es una recuperación social: construir un mundo que se parezca más al Rat Park y menos a las jaulas aisladas”.

“Porque lo opuesto a la adicción no es la sobriedad, es la conexión, la relación con los demás. Y porque si una persona está sola no tiene ninguna oportunidad de recuperarse”, escribe Johann Hari. Ni ellos, ni la sociedad tampoco".

—Este texto parte del capítulo 13 del libro Tras el grito, del periodista británico Johann Hari (un libro que debería ser de obligatoria lectura), y del magnífico resumen que hace del mismo el equipo de Kurzgesagt en http://bit.ly/1PWlng6. Todas las ideas son suyas. Y yo suscribo cada una. Por eso he usado mi columna en El Mundo para compartir este material. Considero que difundir esta idea es vital para todos como sociedad. Todo esfuerzo es poco hasta que llegue la despenalización, la legalización, la inversión del dinero de la guerra contra las drogas en otros asuntos infinitamente más importantes.