Laura Casielles

Diario Nórdico, última entrega: Allemansrätten, el derecho de todos los hombres

Conocí a un colombiano que compró hace años una finca en el archipiélago de Estocolmo. Acostumbrado al modo en que hacemos las cosas en nuestro país, lo primero que se planteó al tomar posesión fue poner una cerca que delimitara su predio e impidiera el paso a desconocidos. 

Sorprendido de que su nuevo terreno no estuviera vallado, le preguntó a sus amigos suecos que verja debía poner. Lo miraron con sorpresa: ¿por qué quería cercar un lote en la mitad de un bosque? El colombiano no sabía que en Suecia las cercas no tienen por objeto prohibir el acceso ni mantener fuera a nadie de una propiedad. Tampoco se usan casi nunca para delimitar dónde termina una casa y comienza la del vecino, mucho menos en un área silvestre. 

La explicación a esta actitud radica en el Allemansrätt, un derecho que permite a todos en este país transitar, cruzar, utilizar e incluso pasar la noche en espacios abiertos aunque sean propiedad privada. Terrenos que, como los que compró el colombiano, se encuentren en medio de la naturaleza. Eso significa que aquí todos pueden visitar la tierra de otros, darse un baño o cruzar en barco aguas privadas, recoger flores salvajes, setas, nueces y frutos del bosque. También está permitido levantar una carpa, cruzar en bicicleta o a caballo, hacer una fogata y dormir en el lugar por un periodo máximo de 24 horas. Pero el derecho incluye responsabilidades: el respeto y cuidado del lugar y de la vida animal, así como hacia los propietarios y otras personas presentes. Esto implica además respetar las zonas de cultivo y, en caso de llevar perros, evitar que éstos incomoden a los dueños y vecinos. En últimas, es algo tan sencillo como “no molestar”, dejarlo todo en las mismas condiciones que estaba al haber llegado. 

El Allemansrätt significa entonces que la tierra puede tener dueño, pero la naturaleza es de todos. Por eso en Suecia las cercas son sobre todo decorativas, o se usan más para mantener animales dentro de un predio que para impedir el paso desde fuera. Me pasó esta semana: crucé en bicicleta un bosque extraordinario y el cartel que colgaba de la valla, además de indicar que aquella zona pertenece al Ejército sueco, lo único que solicita a los visitantes es cerrar la verja una vez adentro, sólo para evitar que escape un rebaño de ovejas negras que vive por allí. 

He elegido el Allemansrätt para terminar esta serie sobre Escandinavia porque considero que es una de las grandes muestras de la civilización que han alcanzado aquí –un derecho similar opera en Noruega y en Finlandia–, y porque además nos da un par de lecciones: pienso en nuestros países, donde todos levantamos muros cada día más altos, y en todos esos propietarios que, del norte al sur de América, se dedican a ahuyentan a escopetazos o a soltar perros bravos a cualquiera que ose traspasar su Propiedad. ¿Qué pasaría, además, si nuestros ríos y montañas, el llano, el páramo y la meseta estuvieran amparados por un derecho similar? 

Creo que hay una conquista portentosa como sociedad cuando una persona no precisa de vallas para delimitar lo que es suyo, de candados para guardar sus cosas, o de policías que vigilen más el cumplimiento de la norma que la sanción de la infracción.  

Se llama bien común. Y como escribe la poeta Laura Casielles en Los idiomas comunes, “se define porque tenerlo tú no lo aleja del resto ni podría volverlo más pequeño”. Yo también lo creo.

*Publicado en el periódico El Mundo. Julio 30 de 2015.