destrucción amazonas

La conspiración de las vacas

Se llama Kip Andersen. Un americano promedio que, como muchos, se convirtió a la religión del ecologismo después de ver el documental de Al Gore sobre el cambio climático. El miedo a un futuro –presente ya– de tormentas perfectas, incendios devastadores, récords de sequías, cascos polares derritiéndose y océanos ácidos lo llevaron cambiar sus hábitos. Se volvió un activista. Aprendió a reciclar, cambió los bombillos por leds ecológicos, cerró la llave mientras se lavaba los dientes, tomó duchas más cortas. Empezó a apagar las luces al salir de una habitación, renunció a su carro y se sumó a la movida de la bicicleta. 

Pero al ver que las cifras sobre el calentamiento global seguían empeorando, se preguntó si para salvar el planeta era suficiente con que todos adoptábamos hábitos sostenibles. La pregunta da origen a Cowspiracy, un documental que se puede ver estos días en Netflix. Y la respuesta no. No basta con que todos adoptemos rutinas ecológicas mientras no dejemos de comer carne, huevos y lácteos. 

Las cifras lo dejan a uno sin argumentos: la agricultura animal produce más gases de efecto invernadero que las emisiones de todos los carros, camiones, trenes, barcos y aviones juntos. Las vacas (los peos de vaca, para ser exactos) tienen una cantidad de metano que es 86 veces más destructivo que el carbono vehicular. Cada galón de leche requiere más de mil litros de agua para ser producido. Y mientras la industria del petróleo consume 100 billones de galones de agua, las vacas ¡34 trillones! (el 30% de toda el agua potable). Así que aunque Kip vaya en bicicleta a todas partes y tome duchas cortas, solo con comerse una Big Mac ya gasta 660 galones de agua, los que se necesitan para producir esa sola hamburguesa. ¡El equivalente a bañarse dos meses seguidos! 

Cowspiracy revela además que los desechos agrícolas son la causa principal de la contaminación del agua y el pastoreo de animales ocupa el 45% de la tierra cultivable en el mundo, desertifica la tierra fértil y destruye bosques y selvas tropicales. La cría de vacas, cerdos, pollos, gallinas y demás animales es responsable del 51% del cambio climático. La gente pasa hambre mientras el 50% de los granos y legumbres que cultivamos se van al ganado –podríamos alimentar a todos con una dieta saludable si solo le quitáramos a los animales esa comida que les damos–. Y ocasionan el 91% de la destrucción del Amazonas: ¡se destruye el equivalente a una cancha de fútbol por segundo! Y cada día se pierden cien especies de plantas, insectos y animales. Incluso en Brasil han asesinado ambientalistas que intentan denunciarlo. Y lo peor: los lobbies de la industria ganadera son tan poderosos que no solo determinan las políticas públicas para favorecer su industria sino que pagan sumas inmensas a organizaciones como Greenpeace y similares para que enfoquen sus luchas a otros aspectos del deterioro global y aparten los ojos este problema mayúsculo. Porque, de hecho, aunque no consumiéramos nunca más ni petróleo, ni gas o combustible, por culpa de las vacas superaríamos la emisión de gases de efecto invernadero admisibles para sobrevivir como planeta para el año 2030. ¡Solo por tomar leche, yogurt, mantequilla, huevos y carne!

No tengo alma de activista. Desconfío de todo movimiento que se parezca a una religión –con feligreses, sacerdotes y predicadores del Apocalipsis– y le temo a cualquier bandera que me haga pronunciar la palabra Nosotros. ‘Nosotras las mujeres’, ‘nosotros los paisas’, ‘nosotros los del Barça’. Por eso defiendo los derechos de las mujeres pero no me llamo feminista, y cuando juega la selección rara vez me pongo la camiseta porque sé que las banderas y los himnos son el camino más corto hacia la intolerancia, la pelea irracional, a dividir el mundo entre ese “ellos” y “nosotros” que por lo general nos separa. 

Pero aunque uno no sea activista, este documental plantea un desafío al sentido común. Este planeta es un barco con un montón de agujeros por los que ya sabemos que va a naufragar. Pero todos los huecos chiquitos –los combustibles fósiles, la minería, la polución, el despilfarro de agua, el uso de desodorantes, la superpoblación, el exceso de plásticos y desechos– no se equiparan en peligrosidad y tamaño al hueco principal: el de la cría de animales para el consumo de su carne y derivados. Entonces, como no hay otra opción que esta vida a bordo a punto del naufragio, lo lógico es empezar a reparar el boquete más grande por el que hacemos agua, antes que todas las fisuras pequeñas. Y lo dice quien viene de una familia que se dedica a la ganadería y le cuesta imaginarse la vida sin asados ni huevos revueltos, café sin leche o arepa sin quesito. Pero parece que no hay tal cosa como la ganadería sostenible, que no hay más opción que volvernos veganos.

*Publicado en el periódico El Mundo. Febrero 11 de 2016.